La Copa del Mundo de Fútbol 2026 tendrá un cierre de lujo. Cara a cara, la apoteosis competitiva vs. la perfección futbolística: España y Argentina se verán las caras el próximo domingo 19 de julio.
Porque ha sido desde que surgió una suerte de espectáculo magnánimo, este será otro choque entre dos grandes del balompié. Pudo advertirse la resistencia de no pocos equipos. Incluso, la prestancia y la rebelión de elencos como Cabo Verde, Egipto, Noruega, pero hasta la línea que limita los unos de los otros no llegó ningún eléctrico ni improvisado.
Albicelestes e ibéricos son hace rato de lo mejor del fútbol, como también Inglaterra y Francia, los cuatro grandes de esta cita multinacional.
Llegaron por caminos distintos. Se podrá decir cuanto se quiera o minimizar el triunfo de los chicos de Scaloni: que si les favoreció, es verdad, el calendario contra equipos menos fuertes; que si el arbitraje les guiñó un ojo; pero ni siquiera la impotencia de los detractores podrá negar una verdad tan grande como un templo: que Argentina llegó hasta aquí por méritos propios, por ese jugar al fútbol con pasión y contundencia, de la mano de un líder natural, que cuando no concreta en gol lo facilita por asistencias.
Pocos equipos han defendido una corona como lo han hecho los sudamericanos. Transitaron sin sustos la fase de grupos. Animaron el espectáculo con sus remontadas tan brutales y dramáticas como épicas.
Primero, en esos duelos tie break, donde no se puede perder, lo hicieron ante un Cabo Verde que se hizo grande aun en la derrota. Después, ya en octavos, congelaron a Egipto cuando este casi celebraba un triunfo histórico. Y lo más bestial ocurrió ante Inglaterra, —no un equipo de montón, aun cuando la Copa le haya sido esquiva en seis décadas—, en un partido en el que se dirimió algo más que deporte con roces físicos que exteriorizaron la procesión y la rivalidad a lo interno. Como en México 86, cuando los argentinos, entonces con Maradona al timón, se redimieron de deudas históricas, geográficas, imperiales.
Inglaterra casi pudo volver a soñar y hasta quitarse el San Benito que le cuelga como el gran equipo al que le cuesta concretar a la hora buena, incluso cuajado de estrella, casi lo mismo que Portugal, casi lo mismo que Países Bajos. Pero Argentina se lo negó
Escribirlo es más fácil que presenciarlo. Voltear un marcador en contra y ganar a fuerza de goles en apenas 12 minutos, o en seis, ante los ingleses, con el reloj en descuento, es cosa de elegidos, de grandes, de argentinos. Y eso que siempre han tenido la presión en contra: la que le cuelga sobre los hombros a un campeón.
Así Argentina, aun sin Copa, ya es el equipo del siglo. Ningún elenco lo ha hecho mejor en los últimos mundiales: tres finales y ya una copa, la de hace cuatro años en Catar 2022, cuando sumó su tercera corona. Se quedó en plata en Brasil 2014 al caer en la prórroga 1-0 ante Alemania.
Tienen de su parte el hambre de triunfo y la concepción colectiva. Porque si bien Lionel Messi es el alma, el guía, la brújula, su luz irradia a otros que resuelven en la zona de penales cuando a él lo acosan muchos, a pesar de sus 39 años. Lo mismo pueden ser Lautaro, Enzo Martínez o Dibu.
Ya se puede ir el 10 conforme en su despedida de mundiales. Su leyenda, si eso es posible, se agigantó en esta cita, no solo por ser líder goleador o por vivir seis copas o por protagonizar su tercera final, dos en línea. Messi puso el Mundial a sus pies y al universo, también.

En su afán por retener la corona, no tendrá Argentina una tarea fácil como no lo es ninguna final. España ha sido la constancia y la pulcritud del juego. Lo demostró en todo el calendario. Lo remarcó cuando redujo a la gran Francia a la obediencia sobre el césped.
Resultó una clase académica del fútbol que se sabe jugar en tierra ibérica: el del tica-toca o el tiqui-tiqui. No fue que los galos, con todo y su estrella Mbappé, no quisieran tocar el balón; es que España no los dejó con brillantez de conducción, transiciones y esa táctica pausada de poseerlo, como mayor garantía de evitar el ataque a su portería.
Desafió los pronósticos que, casi en mayoría, apuntaban a Francia como ganador, incluso, del certamen. Desafió los grados de temperatura, muy superiores a los que viven sus jugadores. Y ganó, convincente, sin sustos, en una victoria que su estrella Lamine Yamal adelantó en redes, sin rimbombancias, pero con la seguridad de quien sabe cómo se construye un éxito más allá de las palabras.
Será otra vez el encuentro de dos mundos. ¿Tendrá Argentina su cuarta corona o España su segunda tras 16 años de espera luego de Sudáfrica 2010? El tiempo de descuento propone un impasse para jugadores, hinchas, ciudades.
Todo cuanto se sabe es que en Nueva Jersey, Estados Unidos, y fuera el mundo se paralizará mucho más de lo que lo hizo durante este mes y algo en que el fútbol ha regalado sensaciones impensadas, pasiones inmensas, jolgorio del bueno, vida.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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