Ni siquiera porque la comunidad internacional celebra cada 18 de julio el Día Mundial de la Escucha, baja el volumen de las bocinas ambulantes en calles, parques y plazas de Sancti Spíritus. Estos equipos amplificadores, la “moda” de los motores escandalosos y otras tantas fuentes de sonidos molestos van generando un ruido ambiente con el que los espirituanos lidian desde hace años, aunque también desde hace años vienen denunciando lo que consideran una agresión cotidiana contra el derecho al descanso, a la salud y, en definitiva, a la escucha consciente.
El problema no es nuevo. En 2022, este propio órgano de prensa ya advertía sobre el “impune proceder de quienes generan una verdadera violencia auditiva” y la “sordera de algunos de los organismos facultados para hacer valer el silencio como derecho ciudadano”. Cuatro años después, el diagnóstico se ha agravado: el ruido se ha propagado como una epidemia por los espacios urbanos de la provincia.
La Norma Cubana para Ruidos y Vibraciones fija límites máximos de 70 decibeles durante el día y 66 en el horario nocturno para zonas residenciales; sin embargo, esos límites son sistemáticamente vulnerados. “La indisciplina social y la impunidad han alcanzado tal volumen que resultan una flagrante agresión sonora a los oídos de los demás”, denunciaba el citado reportaje. La situación se repite —cuando los apagones dan tregua— en espacios urbanos como la Plaza Cultural de Olivos I en la capital espirituana, en el Centro Histórico de Trinidad o en la primera esquina en la que cualquiera decide instalar su música a todo volumen con una tranquilidad pasmosa.
Las fuentes del ruido son múltiples y cada vez más invasivas. Las bocinas portátiles se han convertido en un elemento omnipresente en la vida espirituana. No es raro encontrar bicitaxis, motorinas y guaguas que “amenizan” la cotidianidad con música a elevado volumen, imponiendo sus preferencias sonoras a todos los que se encuentran a su paso.
Pero es en altas horas de la noche y durante los fines de semana cuando el problema alcanza su máxima expresión. Vecinos de apartamentos en el 12 Plantas espirituano han denunciado que el estruendo perturba el sueño hasta bien entrada la madrugada. Las quejas se repiten en Trinidad, donde las actividades de ocio y diversión en bares, restaurantes y centros culturales —muchos de ellos sin las condiciones acústicas adecuadas— se convierten en focos contaminantes que no solo afectan a las personas, sino también al patrimonio edificado.
Los motores de vehículos y motorinas con sistemas de escape modificados se suman a esta cacofonía nocturna. En varias localidades del país, las autoridades han recibido quejas recurrentes de la población por la música alta proveniente de estos vehículos. La combinación de motores ruidosos y bocinas potentes convierte las madrugadas yayaberas en un paisaje hostil, donde es casi imposible pegar un ojo.

Más que una molestia trivial, la contaminación sonora es un problema de salud pública. La exposición a más de 70 decibeles puede producir daños auditivos y el ruido sostenido o las vibraciones pueden ocasionar desde afectaciones al oído interno hasta daños estructurales en las edificaciones.
Cuba cuenta con un marco legal para enfrentar este flagelo. La Ley 150 de 2022 y el Decreto 96 de 2023 regulan la contaminación acústica, y el Decreto Ley 200/99 para Contravenciones en Materia de Medio Ambiente establece sanciones para quienes emiten ruido excesivo. No obstante, como señalan los especialistas, el manejo del problema “depende de la disciplina social, el desarrollo tecnológico y el contexto socioeconómico, pero en todos los casos requiere educación y prevención”.
En el Día Mundial de la Escucha, la invitación es doble: por un lado, a recuperar la capacidad de escuchar activamente; por otro, a tomar conciencia de que el ruido que emitimos —voluntaria o involuntariamente— afecta la vida de los demás.
“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, recordaba Benito Juárez. En el contexto espirituano, la solución no está solo en las leyes o en las sanciones, por necesarias que sean. Radica también en una educación constante que fomente hábitos saludables y en la construcción de una cultura del cuidado sonoro, porque escuchar, en su sentido más profundo, es también un acto de respeto hacia el otro y hacia uno mismo.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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