El 3 de enero de 2026 el mundo amaneció con una imagen que pocos habrían pronosticado: aviones estadounidenses bombardeando Caracas y fuerzas especiales de Washington secuestrando al presidente Nicolás Maduro. La operación, bautizada por algunos como “Lanza del Sur”, no fue un acto aislado, sino la culminación de una estrategia de asfixia económica gestada durante años.
Para Cuba el mensaje fue inmediato y brutal: el mismo guion se escribía para la isla, ahora con un cronograma acelerado y la confianza ciega de que el colapso llegaría en cuestión de meses.
Sin embargo, Washington no previó que Cuba no es Venezuela. Seis décadas de bloqueo han forjado en la isla una capacidad de resistencia que los modelos de inteligencia norteamericanos subestimaron de manera catastrófica.
La guerra económica contra el pueblo venezolano dejó lecciones que la administración Trump, con Marco Rubio como secretario de Estado, pretendía replicar en Cuba. La plataforma Dólar Today, operada desde Miami y alimentada por operaciones cambiarias en la frontera colombiana de Cúcuta, se convirtió en el principal instrumento de desestabilización monetaria en el país sudamericano.
Su tasa —en momentos 158 veces superior a la oficial— no reflejaba la realidad, sino que la creaba: los comerciantes fijaban precios siguiendo esa referencia, la inflación se disparaba y el bolívar se derrumbaba en una profecía autocumplida.
El mismo mecanismo fue trasplantado a Cuba con El Toque, una plataforma que publica a diario, desde fuera de la isla, la tasa del dólar y otras monedas en el mercado informal. Lo que comenzó como un agregador de datos se convirtió rápidamente en un arma de guerra económica.
En enero de 2023, El Toque marcaba 110 pesos por dólar; para febrero de 2026 ya superaba los 500, y en junio alcanzó los 600. Mientras tanto, la tasa oficial para la población se mantenía en 120 pesos por dólar; y para las empresas, en 24.
Esta brecha astronómica no era reflejo de oferta y demanda, sino un instrumento diseñado para generar psicosis, especulación y desconfianza en la moneda nacional. El Gobierno cubano lo ha denunciado en múltiples ocasiones: El Toque no es un medio informativo, sino una plataforma de manipulación al servicio de la estrategia de Washington para desestabilizar la economía.
Washington confió en que el mismo libreto funcionaría en la isla en pocos meses. Subieron la presión con el bloqueo energético: cortaron casi todo el suministro de petróleo, prohibieron que cualquier barco con combustible llegara a Cuba y sancionaron hasta el centro de investigaciones petroleras. Los apagones se alargan, la comida escasea, los medicamentos desaparecen de los hospitales y farmacias…
La inteligencia norteamericana calculó que, con ese nivel de asfixia, el pueblo cubano estallaría antes de junio de 2026, tal como intentaron en Venezuela con las protestas de 2017 o los apagones masivos de 2019.
Pero no contaron con dos hechos. Primero, que Cuba lleva seis décadas resistiendo un bloqueo, y eso ha forjado una cultura de supervivencia y una conciencia nacional que no se quiebra fácilmente. Segundo, que el gobierno cubano, aunque con muchos aciertos y errores, busca mantener el control social y territorial que no existía en Venezuela, y ha sabido gestionar la escasez sin perder el apoyo de sectores clave gracias a aperturas.
El 11 de julio de 2021, Cuba vivió su propio ensayo de un posible estallido social. Esas protestas, las más grandes en décadas, fueron el momento que Washington esperaba para activar su plan de intervención encubierta. Pero el gobierno reaccionó rápido, movilizó a sus bases, y las manifestaciones no lograron extenderse ni consolidarse. El episodio dejó una lección clara: la estrategia de EE. UU. no es derrocar al gobierno de un golpe, sino desgastarlo desde dentro, usando las carencias cotidianas como el combustible para la ira popular y alimentando esa ira con propaganda digital que culpa al gobierno de todo, como si el bloqueo no existiera, lo que hace que se califique con todas las letras como un genocidio.
El Toque, el dólar paralelo, las campañas en redes sociales y los mensajes de desesperanza son parte de esa guerra psicológica que busca convencer a la gente de que no hay solución dentro del sistema y que solo un cambio radical desde fuera traerá alivio.
Para comprender esta realidad, debemos valorar las 176 medidas económicas anunciadas por el gobierno cubano no como un acto de improvisación, sino como el eslabón más reciente de una cadena de transformaciones iniciada hace años. El 2014 marcó el comienzo de un proceso de reflexión y ajuste para corregir distorsiones profundas del modelo económico, como la dualidad monetaria que hacía más rentable importar que producir.
La crisis se fue agudizando con el ordenamiento monetario de 2020, que no salió como se esperaba, la pandemia y el recrudecimiento del bloqueo estadounidense. En 2025 se recepcionaron más de 390 propuestas de transformación, de las cuales se aceptó alrededor del 70 por ciento. El Buró Político añadió 69 recomendaciones adicionales y, entre septiembre y noviembre de ese año, más de 2 millones de trabajadores participaron en una consulta masiva sobre el Código de Trabajo.
El resultado fue un paquete de 176 medidas que, lejos de ser un parche, constituyen un intento de reestructurar la economía cubana para hacerla más dinámica, descentralizada y atractiva a la inversión. La hoja de ruta aprobada en junio de 2026 se resume en una frase: “Todo lo que desate fuerzas productivas hay que aplicarlo de inmediato”.
El cronograma de implementación se despliega en tres horizontes. La fase inmediata, ya en marcha, incluye la apertura al mercado cambiario, con énfasis en transacciones digitales, los primeros experimentos con casas de cambio privadas y la agilización de normas ya listas (121 de las 176 cuentan con respaldo jurídico completo). En un corto plazo, hacia 2027, se introducirá el impuesto al valor agregado en un espectro más amplio, se consolidarán la banca privada y las casas de cambio, y las empresas estatales comenzarán a transformarse en sociedades anónimas o holdings empresariales.
En un mediano plazo, entre 2028 y 2030, se prevé la consolidación de la autonomía municipal, un nuevo sistema estadístico nacional, el despliegue de inteligencia artificial en la administración pública y la maduración del nuevo sistema empresarial. No será hasta 2030, según el diseño, que la economía cubana podrá iniciar un despegue sostenido. Es un reconocimiento implícito de que los tiempos sociales son mucho más largos que los individuales: una economía en crisis necesita años para fortalecerse.
Pero este diseño se enfrenta a un contexto internacional que no puede ignorarse. El ejemplo de Venezuela es aleccionador y, en muchos sentidos, un espejo en el que Cuba no puede dejar de mirarse.
Volviendo al espejo, aquel 3 de enero de 2026, cuando Estados Unidos lanzó un ataque militar a gran escala contra Caracas, horas después asumió la vicepresidenta, ahora presidenta encargada, Delcy Rodríguez, bajo supervisión de Washington (aunque exista la falsa apariencia de un gobierno completamente independiente). Muchos análisis señalan que este desenlace militar fue la culminación de un asedio económico gestado años atrás, en el que las plataformas digitales de manipulación cambiaria jugaron un papel central.
El secuestro de Maduro abrió una nueva fase en la agresión contra Cuba. Estados Unidos no solo intensificó el bloqueo tradicional, sino que lanzó un bloqueo energético sin precedentes, prohibiendo a cualquier país o empresa enviar petróleo a la isla bajo amenaza de sanciones secundarias. En todo 2026, solo un barco con combustible logró llegar a Cuba; el Centro de Investigaciones del Petróleo fue sancionado directamente. Los apagones se extendieron y el sistema sanitario comenzó a colapsar. La estrategia era clara: sin energía no hay transporte, ni producción, ni hospitales, ni vida normal. El objetivo final no era solo el colapso económico, sino el estallido social.
La Casa Blanca aspiraba a reproducir el guion que creía perfeccionado en otras regiones, pero con tecnología más depurada. La inteligencia artificial generativa se convirtió en el nuevo caballo de batalla: deepfakes hiperrealistas, microsegmentación de audiencias, simulaciones de conversaciones de WhatsApp con mensajes de derrota prefabricada, y algoritmos predictivos para detectar los picos de cansancio emocional y activar campañas de amplificación en los momentos de máxima fragilidad.
Pero el plan tenía un talón de Aquiles: la inteligencia estadounidense subestimó la capacidad de resistencia de Cuba y sobrestimó la fragilidad de su tejido social. El 28 de mayo de 2026, 71 exfuncionarios de inteligencia de Estados Unidos, agrupados en el colectivo Veteran Intelligence Professionals for Sanity (VIPS), enviaron un memorando al presidente Trump advirtiendo que una agresión contra Cuba conduciría a un fracaso catastrófico.
El documento fue lapidario: “El colapso impulsado por Estados Unidos y la imposición de un gobierno de nuestra elección fracasarán gravemente”. Los firmantes —entre ellos exoficiales de la CIA y del Servicio Exterior— recordaron que incluso los sectores que desean cambios internos se unirían en defensa de la nación ante una agresión extranjera, debido al profundo sentido de soberanía y orgullo nacional del pueblo cubano. Añadieron que la coerción y el bloqueo han demostrado ser ineficaces durante más de seis décadas, y que una operación militar contra Cuba multiplicaría la presión migratoria y generaría un escenario imprevisible. El memorando concluyó que las negociaciones con Cuba solo podrían prosperar sin bloqueos ni amenazas, y que la vía de la agresión está condenada al fracaso.
La advertencia no fue escuchada. Pero la realidad se impuso: Cuba no colapsó en los plazos previstos. La producción nacional de crudo, aunque insuficiente, permitió mantener un mínimo de funcionamiento. Y la población, a pesar del sufrimiento, no estalló como esperaban los estrategas de Washington.
Para entender la asfixia económica que muchos buscan desde fuera, conviene detenerse en el caso venezolano. Dólar Today, creada en 2010 y operada desde Miami, se convirtió en el principal referente del dólar paralelo en Venezuela. Su tasa, basada en operaciones en la ciudad colombiana de Cúcuta, llegó a ser 158 veces más alta que la tasa oficial principal.
El Banco Central de Venezuela demandó a sus dueños en un tribunal de Estados Unidos en 2015, acusándolos de “manipular deliberadamente la tasa del mercado paralelo para obtener enriquecimientos personales” y de “crear la apariencia de hiperinflación”. Pero la plataforma siguió operando, y su tasa se convirtió en el termómetro real de la economía venezolana, desplazando al bolívar como moneda de referencia y alimentando una espiral inflacionaria que llevó a que, en agosto de 2021, se necesitaran más de 4,5 millones de bolívares soberanos para comprar un dólar.
Dólar Today no fue la causa única de la crisis, pero sí un factor “de los más perturbadores contra la economía venezolana”, al punto que debe considerarse “un frente de guerra económica”. Sus propios creadores, en una entrevista con la BBC, reconocieron su actitud retadora hacia el gobierno y celebraron que las menciones a Maduro aumentaran sus visitas. No eran un simple agregador de datos, sino un arma.
El paralelismo con Cuba es inevitable. La plataforma El Toque ha sido acusada por el gobierno de manipular el mercado, tráfico de divisas y evasión fiscal. La disparidad entre el valor oficial y el del mercado negro es extrema: en noviembre de 2025, publicó una tasa de 1 USD en cerca de 700 CUP, frente a la tasa oficial que el Banco Central sitúa hoy en 1 USD en cerca de 500 CUP.
Al igual que Dólar Today, El Toque actúa como un referente que fija expectativas y condiciona los precios, en un círculo vicioso donde la tasa paralela se convierte en profecía autocumplida. La diferencia es que Venezuela ya vivió el desenlace de este asedio: una intervención militar que, aunque se justificó en la lucha contra el narcotráfico y la defensa de la democracia, fue precedida y preparada por años de desestabilización económica.
Cuba, por su parte, ha optado por una vía diferente: la reforma interna. Las 176 medidas buscan contrarrestar la asfixia desde dentro, abriendo espacios a la inversión extranjera y nacional, flexibilizando el mercado cambiario y otorgando autonomía a las empresas.
La economía cubana no podrá levantarse a grandes saltos. El propio análisis admite que los primeros frutos tangibles no llegarán antes de 2028, y que la consolidación plena se alcanzará en 2030, siempre que el contexto internacional no empeore y que la capacidad de implementación interna esté a la altura.
Detrás de los números y las medidas hay una realidad humana desgarradora. La economía cubana ha perdido el 15 por ciento de su PIB entre 2020 y 2025. La producción de azúcar cayó a 350 000 toneladas, frente a los 2,4 millones de mediados de los años 90. El turismo, que en 2018 recibió 4,7 millones de visitantes, en 2023 apenas llegó a 2,4 millones. El éxodo masivo ha sido imparable: aproximadamente 750 000 cubanos llegaron a Estados Unidos entre 2022 y 2024, la mayor ola migratoria desde 1959. Los apagones, la escasez de alimentos, el colapso del transporte y el deterioro de los servicios básicos han convertido la vida cotidiana en una lucha permanente.
Sin embargo, el país sigue en pie. No porque el Gobierno haya resuelto los problemas de manera mágica como algunos aspiran, sino porque la población ha desarrollado mecanismos de resiliencia que los planificadores de Washington no lograron anticipar.
Lo que el caso venezolano demuestra es que el cerco económico no es un fenómeno espontáneo, sino una estrategia diseñada con herramientas que van desde las sanciones financieras hasta las plataformas de manipulación cambiaria, pasando por la presión militar.
Dólar Today y El Toque son solo dos caras de una misma moneda: la guerra económica en la era digital. Cuba ha decidido no esperar pasivamente el desenlace, sino transformarse desde dentro para resistir. Pero la pregunta que queda en el aire es si el tiempo social de las reformas podrá competir con la urgencia que impone el asedio.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus











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