El costo de la paz para Trump y América Latina

El acuerdo con Irán alivia los mercados, pero expone la fragilidad de la hegemonía estadounidense y el precio que pagan los más vulnerables

Foto: Reuters

El mes de junio de 2026 quedará registrado en los anales de la geopolítica como el día en que el petróleo cayó por debajo de los 78 dólares el barril.

Una buena noticia, en apariencia. La firma del memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán —ese frágil armisticio de 60 días que promete abrir el estrecho de Ormuz— ha inyectado un alivio inmediato a los mercados energéticos.

El Brent cotiza hoy en torno a los 78 dólares, muy lejos de los picos de 116 dólares que alcanzó hace apenas un mes. Trump lo celebró con su habitual hipérbole: «¡Que fluya el petróleo!».

Pero que fluya el petróleo no significa que fluya la estabilidad. Detrás de este descenso de precios se esconde un tablero geopolítico que se reconfigura a una velocidad vertiginosa, y en el que América Latina —siempre periférica, siempre vulnerable— paga una factura que no ha dejado de crecer.

EL PRECIO (INESTABLE) DE LA PAZ

El acuerdo alcanzado es, en esencia, un triunfo táctico de Irán. Como señala el análisis de CNN sobre el borrador del memorando, es «notable la cantidad de concesiones que Estados Unidos ofrece a cambio de tan poco».

Washington levanta su bloqueo naval, otorga exenciones de sanciones y libera activos congelados—decenas de miles de millones de dólares—a cambio de que Teherán, simplemente, deje de atacar barcos en el estrecho. El programa nuclear iraní, el corazón de la controversia, queda para negociar en los próximos 60 días. O no.

El problema, como bien apunta la BBC, es que «los detalles son escasos». Irán ya ha dejado claro que «las negociaciones finales se pospondrán hasta después de que la otra parte cumpla con los compromisos». Es decir: Teherán cobra primero, negocia después.

Y mientras tanto, Israel —que no es signatario y se siente traicionado— amenaza con mantener sus operaciones en Líbano y no se considera vinculado por ningún pacto.

Este es el frágil equilibrio sobre el que se asienta la caída del petróleo. Los mercados celebran hoy, pero saben que la tregua puede romperse mañana. Los expertos ya advierten que «es improbable que el transporte de petróleo a través del estrecho vuelva de inmediato a los niveles previos a la guerra».

AMÉRICA LATINA: EL ESLABÓN MÁS DÉBIL DE LA CADENA

Mientras Trump y Pezeshkian intercambian gestos diplomáticos en Ginebra, en los barrios de Buenos Aires, Ciudad de México y Bogotá la guerra —aunque oficialmente en pausa— sigue cobrando su factura.

CNN lo ha documentado con crudeza: «Menos buses, tortillas más caras». El impacto del conflicto en Oriente Medio se ha filtrado en la vida cotidiana de millones de latinoamericanos a través del aumento del costo de vida.

En Argentina, los combustibles han subido más de un 20 por ciento desde el inicio de la guerra; el litro de gasoil pasó de 1.600 a más de 2.000 pesos. Los colectivos de Buenos Aires redujeron frecuencias por el encarecimiento del gasoil, dejando a los trabajadores con horas de espera en las paradas.

Y esto es solo el principio. El Fondo Monetario Internacional ha advertido que, incluso si la guerra terminara de inmediato, «el mundo sufrirá una escasez de petróleo este año». Las economías latinoamericanas, dependientes de las importaciones energéticas y con una deuda elevada —especialmente las del Caribe, que viven del turismo— son las más expuestas.

Como resume Cecilia Godoy, analista del Economist Intelligence Unit, «algunos de sus efectos económicos seguirían afectando a las economías latinoamericanas durante un período prolongado».

La región, además, ha quedado políticamente huérfana. Los gobiernos latinoamericanos se alinean como pueden ante un conflicto que no protagonizan pero que padecen. Nadie les ha preguntado; nadie les ha consultado. Son espectadores de un tablero que otros mueven.

TRUMP, EL GIGANTE CON LOS PIES DE BARRO

Si hay una imagen que condensa el momento geopolítico actual es la de Donald Trump firmando un acuerdo con Irán no desde la fuerza, sino desde la necesidad. El presidente estadounidense, que prometió ganar la guerra en semanas, ha tenido que conformarse con una tregua que muchos en su propio partido califican de humillante.

Los datos son implacables. La aprobación de Trump ha caído al 34 pir ciento, el nivel más bajo de su segundo mandato. Los demócratas lideran por 10 puntos en la encuesta genérica de cara a las elecciones de medio mandato. Y, lo que es más significativo, el 25 por ciento de los latinos que votaron por él en 2024 afirma que no volvería a hacerlo.

El costo de vida, precisamente el impacto que la guerra en Oriente Medio ha exacerbado, es el principal motivo.

El acuerdo con Irán es, como lo describe la BBC, «un regalo de cumpleaños para Trump, pero está envuelto en incertidumbre».

Es el gesto de un presidente acorralado, que necesita mostrar resultados antes de noviembre. Pero los resultados son, en el mejor de los casos, provisionales. Y en el peor, una cesión de poder que revela los límites de la hegemonía estadounidense.

EL TABLERO SE MUEVE: RUSIA, CHINA Y EL FIN DEL DÓLAR

Mientras Trump negocia desde la debilidad, otras potencias ocupan el espacio que deja vacío. El mismo día de la firma del acuerdo, Vladímir Putin instaba a los países de la ASEAN a utilizar monedas nacionales en sus transacciones comerciales. No es una declaración menor.

Es la continuación de una estrategia sistemática de desdolarización que ya ha llevado a que el 65 por ciento de las exportaciones rusas se realicen en rublos, y que el comercio entre Rusia y China se liquide casi en su totalidad en yuanes y rublos.

El mensaje es claro: el dólar ya no es la única moneda del mundo, y EE. UU. ya no es el único árbitro del sistema financiero global. La hegemonía estadounidense, que durante décadas se sostuvo sobre el dominio del petrodólar, se resquebraja. Como señala un análisis, «Estados Unidos atraviesa un declive estructural e irreversible».

China es ya el principal socio comercial de Sudamérica. El mundo se mueve hacia una multipolaridad en la que EE. UU. es un actor más, no el actor único.

EL COSTO DE LA TRANSICIÓN

El petróleo a 78 dólares es un alivio momentáneo. Pero el precio real de este acuerdo lo están pagando los trabajadores argentinos que esperan un colectivo que no llega, las familias mexicanas que ven subir el precio de la tortilla, los turistas caribeños que cancelan sus viajes por la incertidumbre.

Y lo está pagando también la credibilidad de Estados Unidos como garante del orden global. Trump ha logrado una tregua, pero ha cedido el poder de negociación.

Ha abierto el grifo del petróleo, pero ha cerrado la puerta a la confianza de sus aliados. Ha firmado un acuerdo, pero ha mostrado al mundo que Estados Unidos ya no puede imponer su voluntad unilateralmente.

La caída del petróleo es una buena noticia para los mercados, pero para la geopolítica es el síntoma de un mundo que cambia de dueño. Y en ese cambio, como siempre, los más débiles —América Latina, los trabajadores, los países sin voz— son los que pagan la factura.

Mientras Trump celebra su «gran acuerdo» y Putin promueve su rublo, en las calles de Buenos Aires la gente sigue esperando el autobús. La geopolítica, al final, siempre tiene un costo humano. Y ese costo, hoy, lo están pagando en moneda local.

Dileán Sousa

Texto de Dileán Sousa
Licenciado en Comunicación Social

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