Entre el oropel y la desidia

En su 512 aniversario, Sancti Spíritus exhibe un patrimonio material e inmaterial en ruinas.

Ilustración: Avilarte

La villa del Yayabo cumple 512 años. Cinco siglos y un pellizco contemplan a esta ciudad que aún respira por las heridas de sus iglesias, que todavía se sostiene sobre el lomo de su puente centenario y que se aferra a un pasado ilustre mientras el presente la mira con ojos de resignación y abandono. La celebración, anunciada a bombo y platillo por las instituciones culturales, será discreta —“adaptada al contexto”, repiten los comunicadores—, pero la realidad que subyace bajo el maquillaje de las efemérides es mucho más áspera: el patrimonio material e inmaterial de Sancti Spíritus agoniza, y esa agonía no solo es culpa de la falta de recursos o del bloqueo; es, sobre todo, el síntoma de una pérdida más profunda, la del conservadurismo que antaño distinguió a los espirituanos.

En la superficie, las instituciones cumplen con el expediente. El Centro Provincial de Patrimonio Cultural ha diseñado un plan de acciones para acompañar a los museos que celebran aniversarios cerrados en 2026. Se proyectan restauraciones en el monumento a Serafín Sánchez, se intervendrá la emblemática Torre Manaca-Iznaga y se han identificado tarjas, obeliscos y monumentos víctimas del vandalismo y de la falta de mantenimiento.

La Oficina del Conservador de la Ciudad, ese organismo que costó sangre, sudor y desvelos a figuras como Roberto Vitlloch —fallecido en marzo de este año—, se ha sumado al diseño del programa de festejos junto a los consejos provinciales, la UNEAC y la Asociación Hermanos Saíz.

En el municipio de Cabaiguán, los historiadores locales junto al contingente Rafael de Jesús Oriluna han iniciado un control de tarjas, monumentos y construcciones patrimoniales, en el marco del centenario de la municipalidad.

Trinidad, la joya de la provincia, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, no escapa a la contradicción: mientras se anuncia un programa de actividades vinculado al centenario de Fidel Castro, las filtraciones y los problemas constructivos amenazan con destruir inmuebles como el que habitó José Mendoza García, y el presupuesto para la conservación se ve severamente limitado.

Sin embargo, este activismo institucional no logra ocultar una verdad incómoda: las acciones llegan tarde, son insuficientes y, con frecuencia, se limitan a un remozamiento cosmético que solo pretende salvar la foto del aniversario. Cinco construcciones con categoría de monumento en la provincia muestran ya significativas señales de peligro.

El Museo de Arte Colonial —el museo de las cien puertas— permanece casi cerrado a cal y canto, con sus tesoros arrinconados por la humedad, el moho y el comején, sin que en lo que va de año se haya ejecutado acción constructiva alguna. La red institucional del territorio no presenta un buen estado constructivo debido a la longevidad de las edificaciones y a los largos períodos sin recibir mantenimiento. En 2021, los daños económicos causados al patrimonio público en la provincia ascendieron a más de 282 millones de pesos, una cifra que da vértigo y que, cinco años después, no ha dejado de multiplicarse.

Mas, si algo duele más que la ruina material, es el descuido del patrimonio intangible, ese que no se tasa en pesos pero que constituye el alma de un pueblo. El Coro de Clave de Sancti Spíritus, único sobreviviente de este formato musical en todo el mundo, sobrevive arrinconado por los oídos desafectos de la posmodernidad. Carece de programación estable, no tiene espacio fijo donde presentarse —apenas una peña mensual o algún acto puntual—, y sus propios integrantes confiesan que “ni los espirituanos saben ya lo que es el Coro”. Una agrupación que podría estar girando por los escenarios del planeta permanece encapsulada, sin videoclip, sin promoción, víctima de la indiferencia de quienes deberían protegerla. La tradición de las parrandas, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, se debate entre la vitalidad de la fiesta popular y la desidia oficial.

Y aquí es donde conviene detenerse para hablar de la responsabilidad que cabe a los propios espirituanos. Porque no es solo el Estado, no son únicamente las autoridades los que han fallado. Hay una dejadez ciudadana que lastima tanto como la falta de presupuesto.

Lo denunciaba ya desde 2013 nuestro periódico Escambray, al mostrar fachadas restauradas que en pocos días exhibían las huellas de la insensibilidad. Las tarjas y obeliscos que hoy presentan daños no solo son víctimas de la ausencia de labores de mantenimiento; muchos de ellos han sido blanco de actos vandálicos. La nota de protesta que circuló en redes sociales lo expresaba sin ambages: el casco histórico, declarado patrimonio cultural de la nación, se deteriora día tras día sin que medie una intervención seria, a pesar de las acciones llevadas a cabo por el 500 aniversario de la ciudad o por haber sido sede de las celebraciones por el Día de la Rebeldía Nacional, mientras los discursos oficiales insisten en un conservadurismo que la realidad contradice.

No es posible exigirle al Estado lo que los ciudadanos no están dispuestos a defender: se quejan del abandono de la Iglesia Mayor, pero no faltan quienes convierten sus escalinatas en basurero; lamentan la pérdida del esplendor colonial, pero toleran que los portales de Plácido se llenen de desconchados y pintadas.

¿Qué ha sido de aquella espiritualidad innata que llevó a los primeros espirituanos a conservar celosamente sus templos, sus tradiciones, su manera recatada de entender el mundo?

La pregunta apunta al corazón del problema: la pérdida del conservadurismo como valor arraigado en la identidad de la villa. El conservadurismo no es solo una doctrina política; es una actitud ante la vida, una predisposición del espíritu que valora lo heredado, que siente como propio el legado de los antepasados y que se empeña en transmitirlo a las generaciones venideras.

Durante siglos, Sancti Spíritus fue una ciudad conservadora en el mejor sentido de la palabra: conservadora de su arquitectura, de su música, de sus costumbres, de su fe. Esa espiritualidad innata, forjada en el aislamiento geográfico —fue la primera villa fundada tierra adentro— y en la necesidad de preservar una identidad propia frente a las corrientes disolventes, parece hoy diluirse en la indiferencia colectiva.

“Le debo el espíritu de transitar por la calle, de bailar con las congas del Santiago Espirituano, fiesta a la que debemos volver”, confesaba Vitlloch, ese conservador raigal que dedicó su vida a proteger lo que consideraba un tesoro colectivo. Sin embargo, la ciudad que él soñó se aleja cada día más de aquel modelo: las nuevas generaciones emigran, las tradiciones se desdibujan, y el patrimonio queda reducido a un decorado para el turismo o a un estorbo que nadie quiere mantener.

No es casualidad que las paradojas se acumulen. Mientras se suspende la gala del cumpleaños 512 por las “particularidades del contexto”, se organizan coloquios y se otorgan los Premios de la Ciudad, como si la cultura pudiera refugiarse en los salones y olvidar la calle. Las instituciones culturales que en 2026 celebran 45 y 50 años de fundadas lo harán en inmuebles que carecen de confort y que arrastran décadas sin restauración.

El Valle de los Ingenios, esa fuente de la riqueza que sustentó el esplendor de la antigua villa, es hoy un paisaje salpicado de chimeneas truncadas y restos arqueológicos que solo interesan a los especialistas. Y mientras tanto, el ciudadano de a pie, el que se tropieza cada mañana con el deterioro de la calle Plácido, se acostumbra a la fealdad y termina por incorporarla a su horizonte cotidiano como quien acepta una enfermedad crónica.

El aniversario 512 de la cuarta villa de Cuba debería ser, más que un motivo de festejo, una ocasión para el examen de conciencia. No se trata de renunciar a la celebración —la memoria compartida necesita de ritos que la mantengan viva—, sino de entender que celebrar sin conservar es una impostura. Las autoridades tienen su parte de responsabilidad, desde luego: urge dotar de presupuestos suficientes a las oficinas de patrimonio, agilizar las contrataciones de obras, facilitar que los jóvenes se sumen a los oficios de la restauración.

Pero de nada servirá levantar muros si no se levantan también las conciencias. El patrimonio no se defiende solo con leyes y decretos; se defiende con el sentido de pertenencia, con el orgullo de saberse depositario de un legado único, con la convicción de que lo que hoy se pierde no lo recuperarán jamás las generaciones futuras.

“Es la fiesta más importante que vivimos los espirituanos. Por tanto, precisa, más que nunca, del trabajo en comunión”, afirmaba el comunicador de la Dirección Municipal de Cultura, Luis Ángel Cruz.

La frase, lejos de ser un eslogan vacío, contiene una verdad profunda: solo cuando las instituciones y los ciudadanos remen en la misma dirección, el patrimonio podrá sobrevivir. Mientras tanto, la villa que enamora, la joya medieval de Cuba, continuará desangrándose lentamente, cubierta por el espeso manto de la indiferencia, mientras sus hijos miran hacia otro lado o se entretienen con los fuegos de artificio de un aniversario que, si no cambian las cosas, será solo un número más en la larga cuenta de una decadencia anunciada.

Dileán Sousa

Texto de Dileán Sousa
Licenciado en Comunicación Social

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