Nunca quisiera quitarme el traje de enfermera (+fotos)

Lo asegura Gladys Magdalena Valdés Medina, quien se desempeña en el salón de parto del Hospital General Docente Joaquín Paneca Consuegra, de Yaguajay

Gladys se desempeña como enfermera del salón de parto del Hospital General Docente Joaquín Paneca Consuegra, de Yaguajay. (Fotos: Cortesía de la entrevistada)

A Gladys Magdalena Valdés Medina la vocación por la Enfermería le nació de un tirón. Bastó el impulso de su hermano para aferrarse a este oficio y guardar, dentro de las aspiraciones de la infancia, el ímpetu de ser maestra. Quizás por ello, tras concluir el preuniversitario, inició el camino de formación en el otrora Politécnico Julio Trigo López, de la provincia de Villa Clara.

En dicha instalación y en la sala de Oftalmología del Hospital Provincial de Villa Clara cursó Gladys sus estudios de pregrado. En medio de esa rutina lidió con diferentes pacientes y patologías, y entendió cuán importante resulta el vínculo con las personas y sus familiares. Puertas adentro de esos centros, conoció el valor de la sensibilidad y el humanismo.

Cuando tuvo entre sus manos el título que la acreditó como licenciada en Enfermería comenzó a laborar bajo estos principios. Desde ese momento ha sido más que enfermera. Se ha convertido en sostén de todo el que llega hasta sus manos.

La prueba de su valía como profesional y ser humano está en el Hospital General Docente Joaquín Paneca Consuegra, de Yaguajay, instalación que la acogió desde que vistió por vez primera su uniforme blanco, siendo apenas una muchacha.

«Me siento feliz siendo enfermera», confiesa Valdés Medina.

“Cuando concluí los dos años de Enfermería en el politécnico Julio Trigo López, me ubicaron en el Hospital General Docente Joaquín Paneca Consuegra, de Yaguajay, justo en la sala de maternidad. Allí adquirí muchas habilidades. Trabajé con embarazadas, y con pacientes del área de Ginecología que, en ese entonces, formaba parte del servicio.

“Luego tuve la oportunidad de cursar un posbásico en Atención Integral a la Mujer. Allí nos enseñaron varias prácticas, y nos llevaban al salón de parto para ver el trabajo con la paciente. Fueron dos años de aprendizaje que me sirvieron para consolidar el ejercicio profesional.

“Este posbásico no solo nos formó para trabajar en un salón de parto. También incluye el desempeño en la Atención Primaria de Salud. Mas, siempre quise estar en el Hospital Municipal de Yaguajay. Allí empecé desde que me gradué y, tras concluir el posbásico, regresé. Esta vez, como enfermera del salón de parto”, destaca Valdés Medina.

En el salón de parto no hay tiempo que perder. Hay protocolos que seguir al pie de la letra. El lavado de manos, el uso de ropa estéril, de gorros y nasobucos, así como la preparación de los utensilios para que nada falte en el momento de los nacimientos centran el quehacer de los profesionales del lugar.

“Desde que se recibe la paciente se vigilan sus signos vitales, se le realizan CTG para ver la reactividad de la misma, entre otros procederes que anteceden el trabajo de parto. Siempre me ha gustado trabajar con la materna porque se trabaja a la vez con el recién nacido.

“A las enfermeras que laboramos aquí nos gusta que las cosas salgan bien. Todas somos profesionales con un alto sentido de pertenencia. Desde que inicia el trabajo de parto tenemos que ayudar a la paciente, enseñarle cómo debe poner las piernas, cómo debe pujar y respirar para que le pueda dar oxígeno a ese bebé que va a nacer. Nuestro compromiso es que el parto sea un éxito»”, cuenta Gladys.

Bajo esta máxima impulsa los días. Y, aunque su misión está en el salón de parto, ha experimentado alumbramientos en policlínicos y hasta en ambulancias. En estos escenarios no convencionales se torna más fuerte que de costumbre.

“»En ocasiones hemos tenido que buscar a algunas pacientes a diversos policlínicos del territorio. Y en medio del viaje se han presentado partos. No obstante, los he hecho sin dificultad y he trasladado en óptimas condiciones a las puérperas y a los recién nacidos. En estos casos todos trabajamos, desde el ambulanciero, el médico, hasta yo, que he sido la enfermera»”, evoca.

Gladys llegó al salón de parto gracias al posbásico de Atención Integral a la Mujer.

Para trabajar Gladys tiene que recorrer cerca de 17 kilómetros. Ni siquiera la situación del transporte, tensa en estos tiempos debido a la compleja crisis energética que enfrenta el país, ha mellado su espíritu de echar a andar en la profesión.

“»Me gusta mucho este oficio. Tanto, que nada me resulta complejo. Vivo en Iguará y tengo que trasladarme hasta Yaguajay. Para ello, dejo todo listo el día antes de la guardia, y salgo temprano en la mañana. A veces llego a las ocho de la mañana, otras, un poco más tarde, pero siempre llego.

“»En ocasiones me he sentido cansada, porque somos humanos, pero sigo de pie. Y ese es el mensaje que les transmito a las jóvenes que inician en la profesión. En el salón de parto hay que tener un alto sentido de pertenencia, y trabajar con mucho amor»”, recalca la profesional de 41 años ininterrumpidos en el gremio de la Salud.

Gracias a esa voluntad expresa de hacer las cosas bien, Gladys goza de disímiles reconocimientos, entre ellos, los alcanzados durante el cumplimiento de la misión internacionalista en Venezuela.  Mas, prefiere quedarse con esos que encuentra en la calle casi a diario.

“»Salgo y las personas me preguntan por el estado de salud de cualquier paciente, me saludan, agradecen, y esto no tiene precio”, afirma y la voz se pierde por un instante. La emoción ahoga las palabras. En sus ojos brilla toda la nobleza de su alma.

“Tengo 61 años, pero no he pensado en la jubilación. Mis compañeros de trabajo tampoco quieren que lo haga, porque siempre estoy ahí, dando ánimo, con fuerza para echar adelante. Un día sí me tendré que retirar, pero por ahora no he pensado en eso. Nunca quisiera quitarme el traje de enfermera porque lo amo”, concluye y agradece a la vida por haber hecho la elección correcta.

Greidy Mejía Cárdenas

Texto de Greidy Mejía Cárdenas

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