El día de la graduación apenas podía hablar; por su mente pasaban uno tras otro los recuerdos y, más que eso, las razones que la impulsaron a obtener un título universitario. No se trata de un simple cumplido. Ya es licenciada en Gestión Sociocultural para el Desarrollo. Merlyng Echemendía Hernández se graduó con Título de Oro del Centro Universitario Simón Bolívar, de Yaguajay, institución que la distinguió, además, como destacada en la docencia.
Ahora, desde la tranquilidad de su hogar y mientras sus hijos duermen la mañana, accede a confesar a Escambray los retos que le ha impuesto la vida, que no son pocos.
“Hace varios años, por motivos personales, tuve que abandonar mi licenciatura y, si soy sincera, creo que mi camino profesional siempre ha estado lleno de baches, de curvas inesperadas y de puertas que se cerraban justo cuando iba a pasarlas. Yo quise estudiar Teatro, y en ese entonces alguien intentó cortarme las alas. Pero apareció Rassiel Canetti, mi instructor desde que tenía siete años. Él me miró distinto, me hizo creer en lo que llevaba dentro y me dio la oportunidad que otros me negaron. Estudié con el alma, me esforcé para que él se sintiera orgulloso de mí. Mi tesis como instructora de arte en esa especialidad se la dediqué a él, con toda la gratitud que cabe en el pecho.
“Recuerdo que, en segundo año, un profesor que tenía el acento catalán más fingido y forzado que he escuchado en mi vida, cansado de que yo preguntara dudas, me soltó que no tenía voz de teatrista, sino de comemierda. Quizás, sin saberlo, fue el combustible que necesitaba para años más tarde retarme a mí misma y habilitarme como locutora”.
Pero no fue este el único intento por abrirte camino…
“No, en el 2008 cuando terminé cuarto año de la Escuela de Instructores de Arte tuve que presentarme a las pruebas de ingreso para la Educación Superior. Habían comenzado a hacerlas ese curso; aprobé Español, pero no Historia, ese examen fue un tubo. Mis deseos de comenzar la universidad se frustraron completamente. Luego, hace 13 años, lo volví a intentar teniendo a mi primogénito pequeño y comencé en la misma carrera en la que hoy me gradué. Pero la vida se atravesó, los motivos personales pesaron mucho y no pude continuar. Hoy para algunos un título universitario no vale de mucho, pero no quise privarme de él, porque no era un papel lo que buscaba: era cerrar un ciclo que me debía a mí misma, pues me habían negado varios trabajos y eso me hacía sentir fatal. Al año siguiente de abandonarla quise matricular otra vez, pero no pude, tuve que esperar otros 12 meses según las reglas de la universidad.
“Hace cinco años, por fin me afinqué, logré comenzar a estudiar lo que había dejado inconcluso, ya tenía un segundo hijo y bien pequeño, además”.
¿Cómo te fue en este nuevo intento?
“Otra vez vinieron los problemas, la familia se fracturó, el padre de mis niños viajó al exterior, el cansancio de madre sola era grandísimo. Adam, el menor, estuvo ingresado en dos ocasiones con diferentes virus, yo enfermé con dengue… “También comencé con una neuropatía periférica, el chikungunya, mis problemas de cervical, el estrés por no creerme suficiente para el trabajo, la casa, los cursos en la radio, que también llevaba a la par… Los deseos de tirar la toalla estaban ahí, mi hermana se iba del país, mi mamá lloraba su partida, mi abuela, que fue como mi madre, falleció, mi papá cogía solito un avión buscando una vida mejor para él y para nosotros, me divorciaba, aguantaba preguntas incómodas de mis hijos, en fin, parecía imposible”.
Pero esta menuda muchacha que hoy habla con Escambray desgrana recuerdos convertidos ahora en la felicidad de alcanzar su meta, un hito que logró en el Centro Universitario Municipal (CUM) de Yaguajay, donde una sus profesoras me confesó que fue excelente como alumna.

“Hoy, después de tanto, llego a la meta, todo eso lo estaba procesando yo solita, sin hacer ruido ni molestar. Quise dejar la carrera, pero no lo hice, quizás esos encuentros en el CUM los jueves, junto a mis compañeros, fueron un bálsamo. Y no es una meta cualquiera: es la de una mujer que, aunque su familia estuvo cerca, tuvo que librar su propia batalla en soledad; una batalla contra sus miedos, contra sus propias dudas, contra apagones interminables, desconexión. Tuve días en los que trabajaba en la tesis con las manos llenas de carbón, otros en los que solo podía adelantar de madrugada cuando me ponían dos horas de corriente. Luché mucho contra esa voz que me decía: No puedes, deja esto, es por gusto».
A pesar de lo empedrado del camino, Merlyng guarda agradecimientos hacia aquellos que alumbraron sus pasos en cada intento en cada paso, en cada jornada.
«Gracias a Rassiel Canetti, por creer en mí antes de que yo supiera hacerlo. Gracias a los que me empujaron, a mis niños, mis padres, mi padrastro, mis hermanas, mi prima Anabel, mis tías, a los profes que tuve, a mis compañeros, a mi tutora Dunia, a mis amigos, esos que siempre están, que me ayudaron a consultar bibliografía, buscar información, que pasaron calor echándole un ojo a la tesis, revisando, sugiriendo ayudándome. También agradezco a los que pensé que estarían y soltaron mi mano, a los que me hicieron entender a la fuerza que yo soy valiosa. Gracias a los que quisieron frenarme, porque de todos aprendí. Y te confieso sin altisonancias: gracias, sobre todo, a mí, por no soltar el timón».
Merlyng Echemendía Hernández siente ahora tranquilidad, satisfacción y el orgullo de vencer las pruebas que la ha impuesto la vida.
«Lo hago con la certeza de que no es un final, sino una de esas curvas que, al fin, se enderezan».
Mientras, desde el cuarto se escucha la voz de uno de sus hijos que ya despertó y ahora viene otra faena de atención a ellos, que disfrutan de sus vacaciones una etapa en que Merlyng también se desdobla con dotes de madre, artista y locutora.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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