Lo acompaña desde siempre un espíritu aventurero y el afán por descubrir el mundo. “Mi madre no llegó al hospital, yo nací en un jeep, en medio del terraplén”, dice Oscar Alfonso Sosa con esa naturalidad proverbial que lo distingue, heredera de las raíces guajiras de su natal Juan Francisco, en Yaguajay.
Seis décadas después, mientras saborea un exquisito café vespertino, repasa su historia y sentencia sin dudar: “No me arrepiento de nada”.
Ni tiene razones para hacerlo. Ha sido fiel a sí mismo, a la familia que ha creado y a una profesión que eligió convencido. “Cuando tuve que llenar la boleta para la carrera puse solo Periodismo. Me llamaron a contar. El director, Ricardo García, me dijo: ‘Tú estás loco’. Y yo respondí: No, lo que estoy es muy cuerdo, no voy a estudiar una cosa que no me guste”.
Concluía el duodécimo grado en la Escuela Vocacional Ernesto Guevara, un lugar que lo marcó profundamente y del que guarda los más hermosos recuerdos. Pero la afinidad por las letras venía de antes, de sus maestros de la escuelita primaria rural donde pusieron en sus manos el primer libro, que nunca olvida: Cartas desde la selva, de Horacio Quiroga; y luego un montón de historias, de Martí a Julio Verne; de lo real a lo divino.
Luego de una azarosa prueba de aptitud a destiempo, venció el desafío y se vio a las puertas de la Universidad de Oriente, donde comenzó el matrimonio con la profesión que aún lo desvela. “Yo no me hallo sin hacer periodismo”, dice y deja brotar una sonrisa tranquila.

DE LAS AULAS A LA CALLE
En aquel curso, solo dos espirituanos matricularon la especialidad en la institución santiaguera. “Por suerte la otra fue Mary Luz Borrego, que viene arrastrándome y soportándome desde la vocacional. Me puse contentísimo porque teníamos muy buenas relaciones. Y ya después nos sumamos al equipo de espirituanos de la carrera.
“Más que un grupo de estudiantes, éramos una familia para todo. Además, en la parte del estudio nos ayudábamos siempre. Yo me regaba de vez en cuando y Mary Luz me halaba la soga. No es que fuera tan indisciplinado, es que me planificaba hacer cosas por ahí cuando tenía tardes libres y a veces no le decía nada, pero ella creía que era mi madre.
“A la Universidad de Oriente le agradezco. Era un claustro muy bueno, competente, aprendíamos.
Y el periodo de prácticas de producción en esos años, que lo hacíamos aquí, me ayudó mucho. Perdimos desde un inicio el miedo a hacer periodismo”.
Así, sin temores y con deseos de conquistarlo todo, llegó en el año 1990 a Radio Sancti Spíritus, la primera escuela de la verdad.
“Yo digo que ahí empieza la segunda etapa de estudiar periodismo. O sea, que cuando estás enfrentando todas las realidades, a pesar de lo que has hecho en las prácticas, es distinto, ya es un poco más de responsabilidad, aunque seguía ese ambiente familiar, de cooperación, nos ayudábamos. Cuando me enredaba en un reportaje por algún tema, ahí estaba Humberto Concepción, estaba Elsa Ramos…
Y esa familia fue creciendo, incluso años después, cuando yo digo que se creó el mejor equipo de reporteros que había en la radio en este país. Todo el mundo se ayudaba, todo el mundo se quería, todo el mundo trabajaba”.
El período especial lo llevó de vuelta a Yaguajay, donde asumió la corresponsalía de la emisora provincial y se puso, otra vez, a prueba.
“Fue un examen. Era un municipio con tres centrales azucareros, una empresa ganadera enorme, cualquier cantidad de campesinos, más de 60 comunidades, había una vida social y cultural fuerte para un solo periodista, que tenía que estar presente en la totalidad de los espacios informativos de la radio, pero nunca di marcha atrás, nunca dije que no. Le entré de frente”.
Un buen día Yaguajay le quedó chiquito y se aventuró, también, a explorar los misterios de la prensa escrita. El camino lo trajo a las páginas de Escambray.
“Me encantó esa etapa del periódico. Aprendí del colectivo, de Borrego. Se aprende siempre”.
Pero tampoco se conformó. Por obra del destino, le llegó la propuesta de asumir la plaza de fotorreportero que se abría en la entonces Agencia de Información Nacional. El reto lo conquistó.
“A mí la fotografía me interesaba de antes. Cristóbal Álamo me abrió las puertas desde el inicio y me dio toda la confianza del mundo. Fui para La Habana al primer taller. Tuve la suerte de que lo impartiera un gran amigo mío, uno de los mejores fotorreporteros que ha habido en este país, Ismael Francisco.
“Recuerdo que cuando terminamos, que salió todo el mundo, me llamó: ‘Chama, quédate’. ¿Con qué vendrá?, pensé. Me dijo: ‘Tú tranquilo, todos estos son fotógrafos. O sea, por profesión han sido fotógrafos y están metidos en el mundo del fotoperiodismo, pero tú eres periodista. La ventaja es que vas a ver venir, desde el punto de vista gráfico, la noticia. Eso es lo que tú tienes que hacer’. Y así ha sido”.
DE LAS RUTINAS A LAS ESENCIAS
No ha existido divorcio entre el hombre y el periodista, entre el fotógrafo y el reportero. Para Oscarito, como le llaman más por el afecto que por la estatura, todo parte de una misma razón.
“Yo nunca he dejado de escribir. No voy a un lugar sólo a hacer fotos, todo lo que me parezca noticia lo escribo.
“Y me gusta, a pesar de que tengo mi divergencia con el estilo del medio, porque uno más o menos tiene su estilo propio, pero lo disfruto y no le tengo miedo. Me preparé mucho en el trabajo de agencia con Arturo Chang en los primeros años de la carrera. Iba a leer los teletipos aquellos y, sobre todo, para aprender a hacer de la mejor manera posible una información, que para mí es el núcleo de esta profesión. Si tú no sabes hacer una buena información, difícilmente puedas hacer bien la fotografía”.
¿Conservas aquel espíritu aventurero de Juan Francisco?
“Es imposible desmembrarlo de mí. Juan Francisco es un campito con montes, montañas, sierras, cuevas. Eso uno lo andaba con muchachos y se me quedó prendido. Me ha gustado siempre ir a lo complicado.
“Y por eso he tenido la suerte de llegar a varios lugares del país. He estado en Maisí, en Baracoa, en Guantánamo, en lugares del litoral norte de la región central de Cuba, Cienfuegos. Y siempre ha sido buscando cosas difíciles, pero interesantes. Lo interesante es lo que te empuja a enfrentarte a esa dificultad”.
Entre los momentos memorables de su trayectoria atesora la cobertura que dejó para la posteridad el sentir de los cubanos tras la partida física del Comandante en Jefe Fidel Castro, la inauguración del Complejo Histórico Camilo Cienfuegos, el cumpleaños 500 de Baracoa…
¿Qué te falta por hacer todavía?
“Unas cuantas cosas. Le debo a Maisí una serie que tiene que ver con un campamento de refugiados que hay ahí. Se la debo y se la voy a hacer.
“Quiero trabajar más la vida en las montañas de la provincia. Hay cualquier cantidad, hay millones de historias que no se conocen. Hay que vivir ahí una semana para darte cuenta de esa otra Cuba que hemos tocado muy someramente en los medios de prensa.
“Me queda un sueño: que la agencia pueda, quizás, hacer el mejor trabajo relacionado con la vida rural y campesina de este país, por tener reporteros en todas las provincias, y porque todos, de una manera u otra, hemos estado incidiendo en esos escenarios”.
Más allá del periodismo, menciona entre sus pasiones la familia, “que es una sola, la chiquita y la grande”, los amigos, el deporte, la música con la que creció, el cine, los libros… Y caminar sin descanso, explorar los universos del día a día, descubrir las historias de la gente que inmortaliza en imágenes y palabras; tan sencillas y grandes como él mismo, que no aquilata siquiera la estatura de su talento.
Pero a ratos la vida recompensa y los colegas espirituanos de la prensa festejan por estos días la noticia de que Oscar Alfonso Sosa resultara merecedor del Premio Provincial de Periodismo Tomás Álvarez de los Ríos Por la Obra de la Vida.
“Aquí hay colegas muy buenos con historia, con trabajo. En algún momento me debía llegar, pero no lo busqué. Sí agradezco a todos por la confianza. Puedo decirte con total orgullo que me he llevado bien con todo el mundo del gremio, con todo el mundo. Desde mi modesta experiencia y mis conocimientos he tratado de ayudar, aunque me falta mucho por aprender”.
¿Conservas la ilusión de la primera vez?
“Sí, todo el tiempo. Es que yo me acuesto y me levanto pensando en el periodismo. Y no hay un día que salga que no me lleve la cámara. En la casa dicen mis niñas que mi calzoncillo es la cámara fotográfica. Sí, es verdad, esa no se queda para nada. A donde quiera que yo vaya, a lo que vaya, mi cámara se va conmigo”.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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