Rafael y Ramiro Valdespino crecieron oyendo a su padre tocar el tambor. Y ese ritmo cadencioso de los dedos sobre el cuero desborda los recuerdos de estos dos hermanos que, junto a otros músicos, mantienen viva una tradición musical de casi dos siglos en Trinidad.
“Mi papá tenía un tambor y yo otro. Es así como se aprende a tocar y sentir las tonadas”, evoca Rafael, hoy con 86 años y una vitalidad asombrosa y acaricia el instrumento sobre sus piernas.
“Este es un tambor yuka. Antes eran más largos, pero con el tiempo se recortaron. Se ponen el cuero, la cabuya y se le hacen unos lazos. Tres vueltas y después se calza con la cuña”, asegura mientras acaricia con sus dedos gruesos un instrumento sagrado para él y su familia.
Ramiro se remonta también a sus memorias de la infancia. “Me sentía fascinado con la forma de tocar de mi papá, que se llama Claro, y de mi abuelo, Tata. Lo hacían con una intensidad tremenda porque lo llevaban en la sangre; sin escuelas, naturalmente. Así seguimos la tradición, una tradición que viene de nuestros ancestros”.
Muchos años después, las Tonadas Trinitarias todavía se cantan con verdadero amor y apego. Sus letras y melodías han sido trasladadas oralmente de generación en generación; es así como perdura esta manifestación musical genuina y popular.

LA GÉNESIS DE UNA TRADICIÓN
Las investigaciones históricas describen los cabildos de la ciudad como portadores de estas agrupaciones corales que nacieron en los barrios.
Hay referencias de que ya en 1860 se escuchaban durante las festividades locales en coros que se reunían para competir mientras desfilaban por las calles.
El 10 de junio de 1846, a la una y media de la madrugada, por Amargura y Boca bajó un tango; los instrumentos eran unos tambores estrechos y largos, azadones y una botija de barro. El canto consistía en un nutrido coro de voces que cantaba a una sola voz en una muestra de fusión de la música africana y los giros melódicos de la Península Ibérica, recoge un texto de la colección de documentos inéditos para la Historia de Trinidad, del doctor Rafael Rodríguez Altunaga, abogado, diplomático e historiador, nacido en Trinidad en 1887.
Es un documento revelador, pues en algún momento se pensó que eran un desprendimiento de los coros de clave porque tienen similitudes rítmicas; pero estas referencias confirman que son anteriores”, refiere Michel Morales, representante de la agrupación portadora de la tradición y que lleva justamente por nombre Tonadas Trinitarias.
En días festivos y fechas religiosas se escuchaban esos cantos por la ciudad. Cada barrio adoptó sus propias tonadas, que podían ser épicas, de broma, amorosas, patrióticas y hasta de sátira; recibieron primero el nombre de tango y, más tarde, el de fandango.
Se organizaban en un guía, un coro de voces mixtas, tres tambores de cuña, una clave de hierro (guataca) y un güiro. Los cantos entonados por aquellos artistas de pueblo comenzaron a hacerse famosos.
Alfredo Rafael Ramos no vivió esos tiempos, pero los recrea en su mente. “Yo me integré a las Tonadas cuando conocí a Claro Valdespino en el Taller de Refrigeración donde trabajamos los dos. Con él aprendí a tocar el tambor. Había otros tonaderos viejos que vivieron la etapa de los fandangos entre barrios de la ciudad”.
Aquellas historias fascinaron de tal manera a Alfredo que decidió ir a la biblioteca pública a investigar. “Había dos grupos en la ciudad, uno en El Pimpá y el otro en La Barranca. Ahora no recuerdo los nombres de aquellos señores, que tenían escasa instrucción. A fines de año, iba el fandango de El Pimpá con las mujeres y sus tamborcitos bailando por la noche, hasta La Barranca. Y al otro día se hacía el recorrido contrario”.
LAS TONADAS TRINITARIAS, QUÉ LINDAS SON
Qué lindas son, qué lindas son, las Tonadas Trinitarias, qué lindas son… Y el canto nace del alma de los músicos del grupo que hoy reúne a portadores y nuevos integrantes para que no muera esta tradición musical, orgullo de la ciudad.
“Yo lo único que hice fue unirlos, demostrarles lo valiososxque son”, confiesa Rosa Nibia Marrero, cantante y directora de la agrupación.
“Es un privilegio conocerlos, compartir esa alegría que transmiten, el vigor de los toques de los percusionistas y ese amor tan grande que tienen por las tonadas”, apunta.
Junto a la familia Valdespino, nuevas voces mantienen vivos estos cantos melodiosos, expresión de nuestro patrimonio cultural.
“Me siento muy orgullosa de poder estar aquí, de ser una joven que está defendiendo la tradición. Hoy los niños y jóvenes no tenemos mucha conciencia de quiénes somos. Con ellos he conocido mis raíces, de donde nacimos. Y estoy muy orgullosa de nuestros orígenes.
“Es una música del pueblo, que nació de los negros esclavos. Ellos eran forzados a trabajar, perseguidos, discriminados, y a pesar de todo, cantaban tonadas con alegría. Era su manera de expresar la libertad”.

Para Carmen Rosa Sánchez, ser parte del grupo es un verdadero regalo. “Me siento artista, siento que estoy dando lo mejor que puedo y que sé hacer. Trato de expresar eso bonito que yo siento cuando canto las tonadas. Y eso es algo muy lindo, saber que estamos defendiendo una tradición”.
Las Tonadas Trinitarias no dejarán de escucharse en esta ciudad donde la cultura se vive, se respira; donde habitan almas como la de Ramiro Valdespino, que se estremece cuando toca su tambor yuka, con más de un siglo. “Es la fuerza que sale de adentro, la ‘manana’ que tiene uno. Para mí es como la vida, es como ser libre, el aire que respiro. Si no hay tonadas, no sé, estoy vacío”.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus
















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