“Este es uno de los oficios más trabajoso que existe, pero en Cuba, desde etapas milenarias el carbonero jugó un rol importante, aunque muchos desconocen que, para obtenerlo, primero hay que enfrentarse a un aromal, dar mocha y hacha sin descanso; luego, desafiar hormigas bravas, avisperos, espinas y muchísimas adversidades más, sin desestimar los días y noches en vela, porque si das un pestañazo se puede perder todo el horno”.
En pocas palabras, Aldo Quintanilla Gutiérrez resume lo que para él representa un carbonero, incluso habla de lo que llaman mañas del oficio: “La preparación del terreno es determinante, hay que saber quemar la tierra, armar el horno, cubrirlo con yerba y arcilla seca y, si por casualidad lo colocas encima de un terreno por donde corre una corriente de agua subterránea, se hunde y puedes perder una buena parte”.
Con el oído aguzado y la voz firme todavía, la octogenaria Irene Gutiérrez, madre de Quintanilla, interviene para apuntar: “Mi esposo y yo comenzamos a vender carbón hace 38 años en este caserón, que es el garaje de nuestra casa, despues de que a él le retiraron la guagua que conducía para Tuinucú, entonces buscamos un nuevo sustento económico y desde entonces fue mucho el carbón que pasó por mis manos. Yo con solo mirar el saco sé si el contenido es bueno o no. El carbón de aroma es muy duradero, pero cuesta trabajo encenderlo; sin embargo, el de madera blanca arde rápido, pero se va como la espuma.
“Antes el único carbón que existía era el de madera blanca, incluso recuerdo que en las vaquerías se dejaban las reses acuarto nadas unos días para que defecaran las semillas que habían comido de cualquier planta invasora y no contaminaran los potreros limpios, pero cuando apareció el aroma comenzó a proliferarse y son muchas las zonas donde el marabú campea por su respeto”, precisa Irene.
CARBÓN VS. DEMANDA
En 38 años que llevan con este negocio familiar, nunca antes el precio del carbón había subido tanto. Quintanilla ofrece sus propios argumentos.

“Hace 2 500 años Nerón quiso acabar con la subida de los precios y, como medida, impuso ajusticiar a los especuladores, pero no logró erradicar el problema, aunque hay una realidad, el precio en el mercado fluctúa según la necesidad y la demanda del producto. Actualmente hay quienes tienen que elegir entre comprar el carbón o comer, porque la cuenta no da.
“A veces vienen ancianos de muy pocos ingresos. Me da hasta pena, y eso que siempre lo vendemos por debajo del precio del mercado callejero, aquí la lata ahora sale en 1 200 pesos, pero no lo podemos bajar más porque yo pago patente y mis impuestos, solo a la ONAT le aporto 18 000 pesos al mes, sin contar los gastos colaterales; por ejemplo, un viaje de un camión desde la zona de San Andrés a la carbonera me cuesta alrededor de 50 000 pesos; ahora hay más vendedores de carbón que de pan, pero casi ninguno aporta al presupuesto del Estado”.
La carbonera de Aldo, ubicada en calle Máximo Gómez, entre Mayía Rodríguez y Coronel Legón, es un sitio al que los espirituanos acuden por tradición. “Cuando mis padres comenzaron con este negocio había cuatro carboneras en Sancti Spíritus: una en Colón cerca del Hospitalito, otra en la Plazoleta de Hanoi, la del Reparto Escribano y esta, que ahora mismo es la única que queda”.
¿Siempre vienen muchas personas en busca de carbón?
“Para muchos ya es tradición, porque aquí se atiende a todo el mundo con respeto, incluso soy el único en la ciudad que beneficia el carbón. Pero el alza de los precios es una cadena, el que lo hace, cuando va para el monte lleva consigo los alimentos para los días que va a estar en el campo y todos sabemos cuánto cuestan un refresco, el arroz, las viandas, la carne; entonces, una cosa deriva en la otra.
“A mí me apena cobrar el precio alto que ha alcanzado una lata de carbón, pero tampoco puedo regalarlo. Claro que el carbón siempre tuvo demanda y en Cuba se utiliza desde épocas remotas. Antes se llevaban trenes llenos de sacos para La Habana; por eso digo que, aunque existan otros recursos para la cocción, el carbón siempre tendrá mercado”.

LOS SABERES DE QUINTANILLA
Con solo 17 años, Aldo Quintanilla ya era trabajador de Escambray, del cual fue fundador en aquellos inicios duros; de los miedos y las enseñanzas comenta: “Yo pertenecía a la parte del taller donde se imprimía el periódico, pero antes de iniciar las tiradas oficiales del diario nos dedicamos a armar toda la estructura: la máquina rotativa, la matrizadora, los linotipos, en fin, fueron muchos los hierros viejos que pasaron por mis manos; luego, Montero, que había ido a Oriente a capacitarse en el área de fotograbado, dijo que me dejaran con él porque tenía 12 grado y podía capacitarme, así fueron mis inicios.
“Después me mandaron para el periódico Granma a un curso, se trataba de un método muy antiguo, pero hasta tanto apareció la impresión más avanzada nos resolvió el problema. Nunca olvido aquellas largas jornadas, se empataba un día con otro y, si por casualidad se rompía la rotativa, entonces era un problema. De aquellos años recuerdo a los amigos, éramos una gran familia, y sobre todo, los momentos que compartimos, así transité por Escambray y puede estudiar la carrera de Licenciatura en Periodismo y, aunque no la ejercí, siempre me aportó mucho”.
¿Por qué nunca ejerciste la carrera si estabas dentro del medio?
En realidad, a mí lo que me gustaba era Filosofía, cuando acabé el preuniversitario debía irme para Santa Clara a estudiar Historia del Arte, pero no quise dejar a mis padres y fue cuando me inicié en el periódico, luego tuve la posibilidad de hacer la carrera de Periodismo por dirigido y no la desaproveché. De esa ella aprendí las herramientas para saber discernir los elementos de la noticia, pero no me atreví a practicarla.
Siempre fuiste un lector empedernido…
Yo he leído de todo en esta vida, la lectura me da paz interior y me cultiva. Recuerdo cuando el doctor Luis Rey Yero, quien nos impartió clases en la universidad, llegó el primer día al aula y comenzó a escribir en la pizarra, la llenó de títulos de libros y dijo que quien no se había leído esas obras no podía venir a sus clases, muchos se miraron asombrados, pero yo estaba confiado.
Uno no puede quemar etapas en la vida, pero tampoco desaprovecharlas, cuando tenía diez o 12 años ya había leído a Emilio Salgari, Julio Verne y a todos los clásicos de la literatura infantil, después pasé para León Tolstói, Dostoievski, entre otros; pero había compañeros que nunca acabaron una obra completa, entonces no creo que sin esa base elemental pudieran ejercer debidamente el oficio de periodistas.
Hoy se ha perdido el hábito de lectura y los jóvenes presumen de la ignorancia, a mí me da lástima escucharlos a veces como dicen que leer no es para ellos.
¿Sigues leyendo ahora que te dedicas al oficio de carbonero?
Antes era un vicioso de los libros; ahora del teléfono, aunque cuando me cae a mano un libro lo leo, incluso a veces releo otros que fueron vistos hace años. En el teléfono solo busco información porque, para ser sincero, si no siento en los dedos las hojas del libro es como si no leyera. La lectura sana la mente y el alma y ayuda a liberar estrés. Por eso digo que yo soy, a mucha honra, un carbonero culto.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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