Pedagogía en sangre

María Caridad Marrero y Migdalia López, madre e hija, comparten el placer de educar a las nuevas generaciones “Mi vocación desde niña siempre fue ser maestra”, recuerda María Caridad Marrero Manresa y retorna a sus primeros tiempos en el ejercicio de tan noble profesión cuando “colocaba pequeños pomos de medicina

Educación, pedagogía, Trinidad, Sancti Spíritus, Cuba
Madre e hija intercambian sobre sus experiencias en las aulas. (Foto: Carlos Luis Sotolongo)

María Caridad Marrero y Migdalia López, madre e hija, comparten el placer de educar a las nuevas generaciones

“Mi vocación desde niña siempre fue ser maestra”, recuerda María Caridad Marrero Manresa y retorna a sus primeros tiempos en el ejercicio de tan noble profesión cuando “colocaba pequeños pomos de medicina uno al lado del otro y esos eran mis alumnos”. Ahora, blanca en canas, cariñosa como debe ser cada maestro y moldeada por la experiencia, esta profesora enseña llena de voluntad, siempre sonriente y dispuesta a ayudar a sus estudiantes.

Pero esta no es solo la historia de quien entregara toda su vida al magisterio, sino una historia de dos, una historia compartida, el sueño posible que brotó del vientre mismo de Caridad, una de sus hijas que da continuidad a su ejercicio pedagógico.

La joven Migdalia López Marrero, la tercera de los cinco hijos de Caridad, decidió seguir los pasos de su madre y convertirse en una excelente profesora, dedicada completamente a la profesión: “Desde pequeña mi madre me llevaba al círculo, yo la ayudaba con los niños a cuidarlos. Fue creciendo el deseo de ser maestra y ser como ella. Nunca nos separábamos, cuando la tenía lejos lloraba por estar a su lado. Siempre la imitaba y su ejemplo fue primordial”.

La muchacha cumplió misión internacionalista en Venezuela por dos años y cuando regresó encontró a su madre enferma, quizás de tanto extrañarla. Migdalia terminó la licenciatura en Informática Educativa Integral y hasta la ejerció un tiempo, pero después decidió regresar al aula.

“No tengo hijos, pero cuando llego a casa ya me siento realizada pues he cumplido con mi deber, he enseñado y educado. Disfruto dar clases, si no lo hago no me siento bien. Imparto de primero a sexto grados para dar continuidad a los estudiantes de mi mamá”.

Al comenzar a trabajar al lado de su madre, una educadora experimentada, ¿sintió algún tipo de presión?

“No, mi madre siempre me ayuda y trata de aconsejarme. Incluso, en el trabajo no la llamo mamá sino por su nombre, Caridad. En la casa sí es mi Yiye, un apodo de cariño. Ambas mantenemos la categoría de Muy Bien. Somos destacadas en el trabajo y seguiremos así”.

A pesar del tiempo transcurrido, la experimentada María Caridad Marrero aún recuerda sus inicios, cuando se becó a los 11 años en la escuela Ana Betancourt deLa Habana. Luego continuó su formación como maestra en Minas de Frío, en 1966.

“Ya en 1967 me casé y tuve cuatro hijos que luego serían cinco, pues decidí adoptar. En el año 1976 reinicié mi carrera y me hice maestra. Fui voluntaria en una finca llamada Gaviña en las lomas del Escambray. En ese tiempo tuve la oportunidad, la felicidad y la dicha de conocer a Fidel. Fue la primera vez que lo vi, conversó mucho con nosotros y los estudiantes, jamás olvidaré su personalidad enérgica y amable.

Esta mujer ha entregado toda su vida a la enseñanza, donde ya acumula 42 años.  Dirigió círculos infantiles por casi dos décadas y se reincorporó a las aulas hace 11 años. Prefiere la enseñanza preescolar, “es la enseñanza más linda que hay”.

¿Qué tipo de maestras se consideran: estrictas o cariñosas?

“Mantenemos un balance, somos profes rigurosas algunas veces y otras, no tanto. El niño necesita rigor, pero también cariño, hay que ser paciente. Si actúas con rigurosidad puede que reaccione de manera agresiva. Desde la hora en punto que un niño no respeta a su profesora no hay resultados en la educación, por tanto hacemos que nos respeten de una buena manera: a través del juego, creando vínculos con ellos. No solo les enseñamos los conocimientos básicos sino también les educamos para que en un futuro sean hombres de bien”, asume María Caridad.

Si pudieran ejercer otra profesión, ¿cuál escogerían?

“Ambas estamos de acuerdo en que no dejaremos el magisterio. Estaremos trabajando hasta ya no poder. La profesión que elegimos es la correcta y los niños nos lo recuerdan a diario. Nos sentimos satisfechas, complacidas pues enseñamos cada día. Disfrutamos nuestro trabajo”, asegura Migdalia como si fuera a dos voces.

Su amor por la Pedagogía va más allá de la jornada laboral: la madre imparte clases los domingos en la Iglesia; mientras que la hija después de su horario docente enseña kárate como activista del Inder sin devengar salario alguno.

¿Cómo quisieran que sus alumnos las recordaran?

“Nos gustaría que nos recordaran siempre alegres, exigentes, agradables, como sus primeras maestras…”, responden con las voces entrecruzadas. “En estas edades crean un lazo muy fuerte con nosotras y lo que digamos para ellos es ley. Muchas veces los escuchamos decir: ‘Mi maestra dice que…’. Quisiéramos que todo lo que les enseñemos lo apliquen en la vida. Las primeras maestras nunca se olvidan, llegamos para quedarnos”.

(Por Lilian Arlety Toledo Sorís, Estudiante de Periodismo)

Arlety Toledo Sorís- Estudiante

Texto de Arlety Toledo Sorís- Estudiante

Comentario

  1. De qué municipio y escuela son estas compañeras, si son de la provincia nuestra

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