En Las Cuabas, comunidad montañosa del Plan Turquino del municipio de Fomento, hay un maestro llamado Rafael Antonio Fernández Viera. Tiene ahora mismo la edad justa para la jubilación, pero tal paso no procede porque Antonio, como le conocen todos allí, está jubilado desde el año 2014. Aun así, sigue enseñando de diferentes maneras, en un caso excepcional, difícil de definir.
Parece una paradoja, porque el maestro no ha perdido ni el entusiasmo ni el amor por el arte de educar. Podría pensarse, a juzgar por lo que hace, que conserva intacta su vitalidad. ¿Cómo se entiende esto? ¿Por qué, entonces, se fue del aula?
Escambray intenta acercarse a la inusual trayectoria de un hombre que es, según se desprende del testimonio de quienes mejor lo conocen, algo así como un educador todoterreno que pocos lugares tienen el privilegio de poseer.
En una oportunidad única, que él hace notar como para confirmar que no busca protagonismo, esta reportera tuvo la dicha de «sacarle» pasajes de su vida y su obra por mediación de WhatsApp. «Eso nadie más lo ha conseguido, solo Delia Proenza, y por la amistad que nos une; siempre he sido reacio a las entrevistas y jamás había hablado de lo que hecho», apunta con ese tono inconfundible de quien ha tenido por mucho tiempo el oficio de impartir clases.
No tiene teléfono móvil ni computadora, pero entre las personas que le quieren aparecen dispuestos a colaborar y así, de tarde en tarde, lo mismo Noraida, la maestra de Sipiabo, quien labora aún en la escuela de Las Cuabas y otras de las cercanías, que Anair, la promotora cultural del lugar, cuya vivienda queda relativamente cerca de la del otrora director del colegio; le sirven de enlaces a Escambray, que lo conoció por los años 90, delicado de salud. Merece la pena el intento de justicia a uno de los capítulos más honorables de la educación tanto en Fomento como en Sancti Spíritus todo y, aun a riesgo de una negativa de nuestro probable entrevistado, le enviamos recado de la intención. Viajar allá se hace imposible.

No se niega y comienza a contar, en mensajes de audio. Habla con voz pausada, pero potente. Resucita pasajes inolvidables de cuando salía a las cuatro o las cinco de la madrugada y regresaba avanzada la noche, muchas veces a pie de un caserío a otro. Evidencia una pasión que no pueden ocultar ni los más de 15 padecimientos que le han impedido estar a tiempo completo donde más le gustaría: el aula.
A los 16 años, con la Batalla por el Sexto Grado que se libró en Cuba en la década de los 70, comenzó su «aventura» en el mundo de la enseñanza, con alumnos de la Educación Obrero Campesina que lo superaban en edad. Luego vendría su vínculo con la Enseñanza Primaria en la escuela Rolando González, de la Llorona, en las estribaciones de Caballete de Casa, «un centro mandado a hacer por el Che, entre montañas».
Un año después ya estaba en Las Cuabas, a cinco kilómetros de Guaranal, donde nació. Allí echaría raíces, a partir del momento en que lo hicieron responsable de la escuela Raúl Suárez, junto a varias otras de la misma ruta rural, a pesar de su juventud.
Muchos aseguran que la inmensa mayoría de los éxitos del citado plantel están directamente relacionados con su nombre, principalmente el hecho de haberse ganado la condición de Escuela Asociada a la Unesco, etapa en la que brilló a nivel de país. Pero él atribuye esos logros a muchas personas y se deshace en elogios hacia maestros o directivos que lo apoyaban en cada empeño. Menciona nombres que «no pueden faltar» en sus agradecimientos, como los de Orestes González, «el mejor maestro que ha pasado por Las Cuabas»; Pilar Supervia, quien en la Dirección Municipal de Educación atendía el programa científico, investigativo y de superación; y Osmel Méndez, «un muchacho joven» que fue su alumno desde preescolar y luego al ser papá ejerció como presidente del Consejo de Escuela, carpintero para más señas.

En 1980, dos años después de iniciarse en lides de dirección, Antonio se graduó de maestro primario con gran esfuerzo, debido a la necesidad de viajar desde el lomerío. A partir de entonces se ha superado toda su vida en cuanta cosa le parece digna de aprender. Por ejemplo, se hizo guía de turismo siendo director y ello le sirvió para conducir a sus alumnos hasta lugares impensados, como el hotel Zaza, los Lagos de Mayajigua, hoteles de Topes de Collantes, Varadero y los monumentos al Che y el tren blindado de Santa Clara.
No pudo concluir la licenciatura por la agudización de sus problemas de salud, que le venían desde niño y requirieron dos intervenciones quirúrgicas de vías digestivas estando ya en el quinto año de la carrera. Un quebrantamiento ostensible de su estado obligaría a los especialistas a forzar su temprana jubilación, por enfermedad, lo cual resultó un duro golpe para su espíritu.
Pero antes Antonio hizo historia; aún hace. No puede explicar cómo está vivo con tanta enfermedad encima, pues a los trastornos gastrointestinales, el detonante, le siguieron otros, entre ellos los cardíacos y reumatológicos. Por cuenta de ellos, sobre todo los digestivos, trabajó muchísimas veces en medio de cuadros agudos de los que se reponía a fuerza de voluntad.
Su credo se resume más o menos en lo siguiente: es preciso que los niños aprendan bien y crezcan como personas de buenas acciones. Eso en primer lugar. Y, en segundo, un maestro no puede mentir ni cometer injusticias, tiene que ser ejemplo ante sus discípulos.

Recto, enemigo de concesiones cuando se trata de enseñar y medir conocimientos, enamorado de la historia nacional, los héroes patrios y la historia local; experto en promover el trabajo colectivo y sacar de cada quien lo que mejor puede hacer; hábil a la hora de enrolar a otros en actividades que podrían reportar beneficios a la colectividad y, sobre todo, al alumnado.
Así es el maestro Antonio, como se refiere a sí mismo de vez en vez, mientras resucita recuerdos. Y, de cuando en cuando, también pronuncia, entre signos de admiración, una palabra: ¡Bien!, como quien resume, durante una clase, la idea que acaba de dejar atrás para adentrarse en otra.
La mayor parte del tiempo enseñó y dirigió a la vez, pues cumplía «la décima» en el aula. Cuando ya no pudo seguir dirigiendo asumió otras muchas funciones, entre ellas la secretaría docente de la Facultad Obrero Campesina, donde impartía Historia de Cuba y Marxismo; asesor de la directora en la Primaria, secretario del núcleo del Partido, atención al Programa de la Unesco, coordinador del programa Para la Vida y psicopedagogo, labor esta última que demandó de él particular entrega y cuyos resultados se acercaron a la perfección, según visitas de inspección del momento.
Sonríe mientras evoca pasajes específicos de su bregar por la realidad educacional del lomerío, que conoce palmo a palmo: trabajó también en escuelas de otros sitios intrincados, como El Pedrero; en El Guineo hizo seguimiento a maestros en formación.

Se detiene en el relato sobre una exposición municipal nombrada La Guerra de todo el pueblo, en pleno Periodo Especial, para la cual fue preciso elaborar platos que reflejaran el afán de supervivencia desde la creatividad en la cocina. Una de sus ideas, consistente en un dulce de raíz de bambú, cuya elaboración se tornó en extremo trabajosa, resultó todo un éxito.
Pareciera que le faltan años para poder hacer todo cuanto ha hecho. En eso pienso cuando menciona los 22 dedicados, junto a otras tareas, a impartir clases en la Escuela Municipal del Partido en Fomento.
Dice guardar en un maletín muy viejo y especial todos sus reconocimientos, que no muestra a nadie (como tampoco nunca ha lucido sus medallas), sino que preserva para sus dos nietas: Distinción por la Educación Cubana, medallas José María de Mendive y Educador Ejemplar, dos de Vanguardia Nacional como guía de pioneros, Premio Especial del Ministro y muchos diplomas correspondientes a concursos de ciencia y técnica, eventos de pedagogía…

Asegura que es en parte su propio médico, pues conoce al dedillo las propiedades medicinales de las plantas e, incluso, ayuda con ellas a muchos de sus coterráneos. Y cuentan que tiene en su casa una biblioteca que pone al servicio de la comunidad, junto a su propia sabiduría, con énfasis en los alumnos de la escuela cercana y los de las restantes enseñanzas, incluida la universitaria, a quienes asesora y guía en la realización de investigaciones y trabajos de diversa índole.
Anair, la promotora cultural que me sirve de mediadora, comenta que Antonio es clave en cuanto empeño formativo se mueve allí, y que en ocasiones acompaña a los alumnos a sitios históricos, donde les imparte charlas.
Su esposa María, una mujer especialísima, lo cubre desde la retaguardia, puesto que él demanda atenciones extraordinarias.
No cuelga los guantes, no puede. Hacerlo significaría renunciar a su esencia y él necesita sentirse útil. Pero si usted quisiera comprobar su verdadera utilidad, sostenida por décadas, converse con cualquiera en Las Cuabas; pregunte por Antonio.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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