Épicas espirituanas en Girón (+fotos)

Dos milicianos combatientes en la gesta relatan sus vivencias a 65 años de la primera gran derrota del imperialismo en América

Todos los participantes en la epopeya de Girón estuvieron bajo el mando directo del líder histórico de la Revolución cubana Fidel Castro.

Con apenas 15 y 17 años, respectivamente, y unos pocos vellos asomados en los bigotes partieron hacia Playa Girón Juan de la Cruz Rafael Ortega Companioni, entonces miembro del batallón de milicias de Sancti Spíritus, y Jesús Argudín Sosa (Cutico), combatiente de la lucha clandestina en Cienfuegos y participante en la llamada Limpia del Escambray contra las bandas contrarrevolucionarias; ambos movilizados inmediatamente después de conocerse la noticia de la invasión a Cuba por tropas mercenarias en la madrugada del 17 de abril de 1961.

La Brigada 2506, integrada por 1 500 hombres, equipados, entrenados y financiados por el Gobierno de Estados Unidos, había desembarcado por dos puntos: Playa Girón y Playa Larga. La estrategia, pensada milimétricamente de operar en aquella faja de terreno separada de la tierra firme por un área pantanosa de unos 10 kilómetros de largo, la Ciénaga de Zapata, al sur de Matanzas, se convirtió en un infierno para los invasores.  

A la rebelión natural de aquellos terrenos cenagosos y las marismas de uno de los parajes más inhóspitos de Cuba se unió el coraje de los batallones de milicias de varias provincias, de la Escuela Nacional de Responsables de Milicias y la de Matanzas, del batallón de la Policía Nacional Revolucionaria y las baterías artilleras del Ejército Rebelde; todos bajo el mando directo del líder histórico de la Revolución cubana Fidel Castro.

A la distancia de 65 años de la epopeya, que culminó con lo que se considera la primera gran derrota del imperialismo en América, Ortega Companioni y Argudín Sosa —natural de Cruces, Cienfuegos, y aplanado luego en Sancti Spíritus— rememoran las horas de enfrentamiento a mercenarios envalentonados en un inicio; pero vencidos después a fuerza de hazañas.

“Formé parte del batallón 452 que buscó a los mercenarios por todos esos pantanos hasta la costa”, rememora Juan de la Cruz Rafael Ortega. (Foto: Arelys García/Escambray)

FUI UNO MÁS EN AQUELLA BATALLA

Con sus 82 años de vida, Juan de la Cruz Rafael Ortega Companioni vuelve sobre Girón y aquella batalla ganada a las huestes mercenarias en medio de la ciénaga y el diente de perro.

“El camión nos llevó directo para Covadonga, y cuando llegamos, me sorprendió ver al pueblo en las calles que salió a recibirnos. Nos hicieron comida, y eso fue comer y enseguida salimos para el monte a enredarnos con los mercenarios.

“Me tocó perseguirlos con el batallón 452, que los buscó por todos esos pantanos hasta la costa; tuvimos que caminar muchos kilómetros. No teníamos ninguna experiencia de lucha; llevábamos mochilas muy pesadas en las espaldas, con las botas mojadas, los pies llenos de ampollas, los mosquitos. A veces los aviones aparecían ametrallando todo aquello, y teníamos que meter la cabeza hasta debajo de las piedras para protegernos.

“Atrapamos a un mercenario que tenía tanta hambre que le dieron una naranja y se la comió con cáscara y todo —añade Ortega—. Algunos te decían que habían llegado allí porque los habían embarcado en esa aventura; otros, simplemente bajaban la cabeza. Eran unos cobardes, salieron huyendo para la playa, para todos lados y se vestían con ropas de campesinos; pero a la legua se veía que no tenían pinta de cenagueros”.

Y le asiste la razón a Juan de la Cruz; en aquella brigada mercenaria, que tenía como objetivo derrotar a la Revolución cubana, se encontraban 194 exmilitares y esbirros de la tiranía de Fulgencio Batista, 100 latifundistas, 24 grandes propietarios, 67 casatenientes, 112 grandes comerciantes, 35 magnates industriales, 179 personas de posición acomodada, 112 hijos y familiares de personas acaudaladas que habían perdido sus propiedades y privilegios, detalló el periódico Granma.

En el momento de la captura, ninguno de ellos olía a humo de carbón, ninguno había cortado y burreado leña en sus vidas, ninguno había abierto canales en medio del pantano, ninguno se había desvelado noches enteras para evitar un boquete en el horno que lo destruyera todo. En la mirada de los invasores solo había miseria moral.

“Cuando terminó la captura de los mercenarios, que íbamos de regreso, pasamos por el pueblo de Soplillar, estaba todo destrozado —recuerda Ortega—. Por el camino, vimos un pozo grande y preguntamos, era el hueco abierto por una bomba que habían tirado y el agua salía de la tierra a borbotones.

“Al principio, no lo voy a negar, sentí miedo; pero ya en el fragor del combate, el olor de la pólvora, el sonido de las bombas; todas esas cosas me quitaron el miedo y fui uno más en aquella batalla”, reconoce Ortega.

Jesús Argudín Sosa: “Girón significó un paso trascendental en mi vida”.

PÁLPITE, LA OTRA GUERRA DE CUTICO

Cuando llegó al poblado de Pálpite, Jesús Argudín Sosa, curtido ya por las balas en la Lucha Contra Bandidos, sabía cuánto estaba en juego con la invasión mercenaria, que, según le habían informado, venía reforzada con unidades navales, tanques y aviones.

“Estuve en el batallón 339 del Ministerio Interior, y la primera misión en Pálpite fue movilizar a todos los combatientes del pueblo para que se unieran a la milicia. Después, vino la encomienda de Fidel de atrapar al enemigo vivo, hacerlos prisioneros y tratarlos con respeto porque había que demostrarle al mundo que nosotros no éramos asesinos.

“Aquello no fue fácil, había que romper monte, luchar contra el fango y el agua. Tuvimos que cortarles el paso a los invasores por la carretera, y eso fue de día y de noche, sin apenas comer; nos daban unas laticas de comida y teníamos que resistir.

“Al principio, los mercenarios nos hicieron resistencia, nos tiraban y estaban bien armados. Luego, iban saliendo poco a poco de los montes y los íbamos poniendo en filas.

“Fidel nos convocó a todos a derrotarlos en el menor tiempo posible porque el plan era establecer una cabeza de playa, constituir un gobierno provisional y pedir la intervención de los Estados Unidos. Por eso, le dimos fuego por todos lados y en menos de 72 horas, los derrotamos.

“Al final, cambiamos a los mercenarios por compota y medicinas, y eso nunca lo ha perdonado el imperialismo. Para mí Girón significó un paso trascendental en mi vida”, sentencia Jesús Argudín.

Girón, sin dudas, nos devolvió la Patria, aunque ello haya entrañado dolor por los hijos muertos, los héroes que nunca se nos van y siempre reaparecen con la sangre tibia para, como en aquel poema de César Vallejo, Masa, abrazarse a todos los hombres de la tierra y echar a andar.

Arelys García

Texto de Arelys García
Máster en Ciencias de la Comunicación. Reportera de Radio Sancti Spíritus. Especializada en temas sociales.

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