Aquel hombre, que cuando niño despertaba en su Birán natal con el alboroto de las tojosas en los ramajes de los cedros del batey, llegó con sus pasos inalcanzables, nadie sabe exactamente cuántas veces, a las tierras de la hoy Empresa Agroindustrial de Granos Sur del Jíbaro para crear uno de los emporios arroceros mayores de Cuba, a finales de la década de los 60 y principios de los 70 del pasado siglo.
Y Fidel lo hizo de ese modo por un motivo convincente: para que el plan arrocero naciera y creciera sin torceduras había que enfangarse las botas, había que oler la tierra. Testigos de aquellos tiempos fundacionales narraron a otro colega de Escambray que el Comandante en Jefe solía adentrarse en el corazón del arrozal hasta para contar los granos de una espiga.
Otras veces extendía un mapa sobre el capó del jeep y empezaba a dibujar sus sueños en el inmenso papel, sin soltar el tabaco a medio encender, sostenido por su mano derecha.
Como el padre que disfruta ver empinarse al hijo, en uno de los tantos recorridos por esas tierras, llegó a Mapos. Allí marcó un lote, y con su hablar bajo pidió con humildad, siémbrenlo en mi nombre. Desde entonces todos, le llaman el lote de Fidel. Peralejo, Mapos, El Cedro, Romero y El Jíbaro se fueron cubriendo de arrozales, de talleres, de secaderos.
Sin embargo, al Guerrillero del tiempo no solo le interesaba la obtención de altos rendimientos del cereal. Aseguran que, en una de sus visitas al caserío de El Cedro, orientó mudar a sus pobladores, pues los productos empleados en el cultivo del cereal y las plagas constituían un peligro para la salud de las personas.
Por ello, cuando los constructores sembraron de edificios los potreros de La Sierpe, los habitantes del Cedro encontraron cobija en los apartamentos de la naciente comunidad.
Ni cuando la entonces empresa arrocera —impactada en la actualidad por las limitaciones con el combustible y otros recursos— tomó cuerpo entero, el líder histórico de la Revolución cubana dejó de seguirle su rumbo económico y productivo; incluso, permaneció al tanto de la creación en la entidad de la finca para obtener alimento animal. Quién sabe si ese hombre de verde olivo recordara, en ese momento, aquellos días cuando recorría los polvorientos terraplenes del sur de El Jíbaro; se bajaba del jeep soviético y con sus pasos inalcanzables caminaba esas fecundas tierras para colmarlas de arrozales.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus











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