Una Gallega con mandarria (+fotos)

En uno de los sitios más paradisiacos del Geoparque Nacional Guamuhaya, Docinda Amada Sotelo Madruga conserva un legado familiar y singulares trazos de la historia de Cuba

Desde 1987, Docinda Amada Sotelo Madruga, la Gallega para el mundo, convirtió su casa en un sitio turístico. (Foto: Yeris del Sauzal)

Tras sentir que el mundo se pone de cabeza de tantos sacudiones provocados por el viejo camión, capaz de volar por las subidas y bajadas del Geoparque Nacional Guamuhaya, comienza un verdadero deleite. Un estrecho trillo ofrece la bienvenida al Parque Natural Guanayara.

Un poco más adelante del salto El Rocío —donde el agua congela hasta la mismísima médula—, se tropieza con la poceta El Venado, luego de pasar trillos serpentinados con escalones hechos a base de fragmentos de palos que conducen hasta un pequeño puente colgadizo no apto para cardiacos y que permite el cruce sobre el río Melodioso; justo ahí aguarda una casa de madera de portales amplios y otras construcciones rústicas. Desde mucho antes, el aroma seductor a comida criolla arrastra hasta allí, incluso a los más hieráticos olfatos.

“Dicen las escrituras que es la finca La Perla, comprada por mi padre en 1948. Pero desde hace mucho tiempo se le conoce como la Casa de la Gallega”, cuenta Docinda Amada Sotelo Madruga, heredera no solo de la propiedad, sino de la tradición de servir con autenticidad a quienes deciden conquistar el sitio donde conviven los más bellos helechos arborescentes, orquídeas silvestres, bromelias…; una biodiversidad endémica, paradisiaca.

La casa de la Gallega pertenece al Parque Natural Guanayara. (Foto: Yeris del Sauzal)

Ubicado a una decena de kilómetros del núcleo urbano de Topes de Collantes y a unos 800 metros sobre el nivel del mar, sobrevive la vivienda del matrimonio Vicente Sotelo, llegado desde Orense, Galicia, y María Eugenia Madruga, de cuna cienfueguera, así como otras construcciones más jóvenes. Se perpetúa el legado familiar del cultivo de café, cítricos y también la atención a clientes. No solo lo cuentan sus descendientes. Un fragmento de esa historia fue esculpido en la gran piedra plantada en una de las entradas del lugar.

“Mi padre, como muchos españoles, construyó una bodega y comercializaba productos. Recuerdo que en la década del 50 me dijo: «Pon unos bolitos de madera debajo de los naranjales, que un día muchos subirán hasta aquí para disfrutar de toda esta naturaleza”.

Bien sabe esta celosa centinela cuánto ha significado mantener en pie el patrimonio familiar en medio de un paraje recóndito en el macizo de Guamuhaya. Junto a su hermano Alfonso, descendientes y quienes le acompañan han ubicado en el mapa internacional ese sitio como de referencia en la geografía cubana.

ORÍGENES

“Nací en 1942, a 4 kilómetros de aquí, a la orilla de un río. Al tiempo de venir para acá comenzaron asomarse los primeros alzados. Mi familia materna de La Habana se enteró y, como yo era su niña, metida en estas lomas, me llevaron para allá”.

Precisamente, el despertar de enero de 1959 encontró a la Gallega, como se le conoce dentro y fuera de los perímetros del lomerío, en el bullicioso entorno capitalino. Entonces, trabajaba en la fábrica de cosméticos Avon. Mas, no olvidó jamás las historias escuchadas en su hogar montuno sobre Lázaro Peña y Jesús Menéndez.

“Llegué bastante cerca de la calle por donde pasó Fidel Castro subido en una cosa inmensa como una tanqueta. Había una alegría enorme aquel 8 de enero —rememora y la alegría le brota en el rostro, como en aquellos instantes—. Seguí en el trabajo hasta que, pasados unos meses, nos reunieron para comunicarnos que botarían a un grupo. Entre ellos, estuve yo ya que participamos con anterioridad en una reunión donde se habló de derechos. Al regresar a la casa de mi familia les dije: Me voy”.

Sin tiempo a pensarlo, montó en el tren lechero. Unas cuantas horas después respiró tranquila. No hay nada más reconfortante que retornar a la semilla.

“Volví luego a La Habana, pero de visita. Mis viejos ya estaban mayores. Mi padre le llevaba 20 años a mi madre. Nos enseñó mucho y mi vieja era una dulzura de persona. Él fue un ejemplo de dignidad. Recuerdo que con 12 años me preguntó: ‘¿A quién tú saliste?’, y le respondí: Mírate en la niña de mis ojos. Por eso, no podía ser diferente. Aquí eché mi vida. Te digo algo, mi papá quiso tanto esta finca como a mi mamá”.

Uno de los accesos de la visitada casona es a través de un puente colgadizo. (Foto: Gaviota/ Facebook)
Visitantes nacionales y extranjeros buscan entre los atractivos del lugar la comida criolla de la Gallega. (Foto: Gaviota/ Facebook)

TESOROS FAMILIARES

La vida siguió su camino. Docinda Amada, nombre que rinde homenaje a las dos abuelas, se hizo adulta y madre de su único hijo, Orlando, quien hoy conduce la herencia familiar, bajo su mirada. A la Gallega ni el peso de los años no el frío del lugar le impiden tirarse de la cama antes de que el sol asome.

“Cuando se es madre se siente una cosa grande porque es lo nuevo que llega a la vida, después, claro, de tus padres, la familia. La segunda cosa inmensa que tengo fue la visita aquí de Fidel. Eso me dio una emoción que me quedé sin habla. Lo único a lo que atiné fue a mirar y a oír”.

Corrían los primeros años de la década del 70. Sentados en el portal, Vicente Sotelo y otros tres amigos se desafiaban en el dominó. Al interior de la casona, tomaba un respiro María Eugenia y la Gallega entretenía a su pequeño. El sonido de un jeep puso sobre aviso a la familia.

“Cuando se bajó, mi madre solo pudo decir ‘¡Pero, si es Fidel de verdad!’. Recuerdo que me dio su mano blanca con sus dedos largos. Cuando lo miré, se me cayó la mirada. Entonces, entendí algo que había escuchado: que quien lo observara a los ojos no le hacía atentado porque no hubo persona que le aguantara la mirada un segundo. Me abrazó. Me besó. Todo fue una perfección, un encanto”.

Seducido por el naranjal, caminó el Comandante en Jefe junto al horcón de la familia hasta debajo de las matas. Conversaron largo rato. Hubo sonrisas en complicidad, preguntas y respuestas de ambos lados.

“Ese diálogo, la visita y las fotos tomadas quedaron para la historia. Seguro están en los grandes archivos que existen en La Habana, pero nunca las vi.

“Escuché que interrogó cómo era posible que hubiera aquí la cantidad de melocotones que encontró. Comió naranjas. Le llamaron la atención los mameyes. Le preguntó a mi padre dónde compraba. ¡Qué clase de capacidad! Se dio cuenta de que no había cerca ninguna tienda. Llevábamos así desde que los alzados quemaron la única que existía por estos lares. Dio la orden de poner una. Al otro día se pusieron en eso y arreglaron la alcantarilla que impedía el paso cuando llovía. También eso fue obra de Fidel”.

Precisamente, en la bodega recién estrenada la Gallega se creció entre sumas y restas. Detrás de su mostrador conoció a otros visitantes. Estrechó la mano a nuevos amigos. Siguió cada discurso de Fidel. Su apodo se hizo popular por gran parte del lomerío.

“La tercera gran emoción de mi vida ocurrió el 14 de noviembre de 1984. Tenía la bodega abierta y vi parar frente a mí un jeep cuatro puertas, precioso. De ahí se bajó Raúl Castro. Con el saludo me preguntó si conocía a Núñez Jiménez. Le respondí que podía ser porque por aquí pasaban muchas personalidades, pero de nombre no. Entonces, me lo señaló. Era un hombre con barba que rápido nos habló de todas las cuevas de esta región, de las grandes y las chiquitas.

“Raúl luego llamó a quienes le acompañaban, los entonces secretarios del Partido de las tres provincias que se unen aquí, Sancti Spíritus, Cienfuegos y Villa Clara. Empezó a hacerles preguntas sobre lo que veía. Se dio cuenta de que hay pedazos de la finca que le tocaban a un territorio y otros, al siguiente. Cuando pidió que todos nos acercáramos para una foto, le dije: Jefe, si a la hora de defender a Cuba todos los cubanos somos uno, ¿para qué separarnos? Por ahí está guardado ese momento”.

Entre sus memorias, también conserva el papelito que años después le envió el General de Ejército como disculpa por no llegar a su casa, tras cruzar por la zona montañosa.

“Volveré con un grupo más reducido. Fue imposible bajar», escribió.

«Fíjate lo que es la vida, no pude conocer a Vilma Espín, quien representó a la mujer cubana en el mundo”. Habla y la tristeza se le posa con la misma velocidad con que los mosquitos perturban la estancia en su casa. La mujer de pelo blanco y paso firme da un manotazo y espanta todo lo que empañe el disfrute de su entorno cautivador. Justo en los mismos patios que junto con la belleza natural develan una imagen pulcra a fuerza de escoba, compartió con protagonistas de la historia nacional como Luis Felipe Denis, Ramiro Valdés, Joaquín Quintas Solá.

“Para completar mis vínculos con los Castro Ruz, hasta aquí vino Ramón, como digo con mis palabras, una persona gozona. Me habló mucho de la niñez de ellos. Me encantaba escucharlo porque se parecía mucho a Fidel, no solo en el físico, sino en los gestos. Pero claro, Fidel es único”.

UN PARAÍSO CERCA DE LAS NUBES

El presagio de Vicente Sotelo hoy es un hecho. Lo recuerda cada día la Gallega cuando ve llegar a turistas nacionales y foráneos. Unos comen y siguen el paso. Otros optan por descansar en las casas de campaña para ver un amanecer idílico.

“En 1987, vinieron hasta aquí y me dijeron: ‘Esto será para el turismo internacional’. Dudé, apenas tengo noveno grado y solo hablo español. Con la mala experiencia con los yanquis, cuando me botaron de la fábrica, tengo para no querer aprender ese idioma. Entonces, uno de los compañeros me tomó por el brazo y me dijo: ‘Pero eres una Gallega con mandarria’. No pude hacer otra cosa que aceptar, pero si me sacaban tenía que ser por la puerta mediana para alante porque había sido sincera”.

Desde entonces, se le encuentra en la misma casona familiar bordeada por el río Melodioso, donde ha sabido fusionar con sencillez tradición y modernidad.

Docinda Amada ha sabido sostener en su vivienda un diálogo entre tradición y modernidad. (Foto: Yeris del Sauzal)

“Fue así que me enredé con las visitas de extranjeros. Han venido de todo el mundo, desde países grandes hasta de la isla más pequeña que existe”.

¿Qué buscan?

“Preguntan por qué el nombre. Me felicitan los que llegan desde España. Hacen veinte preguntas, de todo un poco. Entonces, voy respondiendo de a poco para no dar una mala frase y no quedar mal conmigo misma».

¿Es cierto que no hay otro pollo en el mundo como el que cocina la Gallega?

“Es el que tiene fama internacional”.

¿Alguna receta especial?

“Se le pone el condimento que tengas: ajo, muy importante la cebolla, un poco de puré de tomate, comino… Todo graduado para que no salgan unos sabores sobre otros.

“Pones a fuego lento las piezas de pollo para que se evapore el sabor de su congelación, y ya después que suelten esa agua, las sazonas. Cuando da el olor que tanto dicen que tienen y yo no siento, ya están. ¡Ah!, les pongo jengibre cuando hay. Eso no tiene secreto”.

Y aunque lo niega, este diálogo concluye a fuerza de un aroma que llega de muy cerca y revuelve las más profundas esencias. A las afueras de la cocina, con mirada al río, en los grandes fogones rústicos, un almuerzo típico cubano invita a saborear el auténtico sabor de la Gallega.

Yeris del Sauzal y Lisandra Gómez

Texto de Yeris del Sauzal y Lisandra Gómez

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