De su padre aprendió a trabajar en el campo y a enamorarse de él. Quizás por ello, Maritza Balmaseda Valdivia es una mujer todoterreno. Lo mismo está en la casa trajinando que en pleno monte siguiéndoles el rastro a los cultivos o a sus animales.
Y es que nunca le tuvo miedo al trabajo. Al fallecer su padre, se volcó hacia el campo y asumió, desde ese entonces, las riendas de la finca. En el corazón de Llanadas Abajo, justo en la serranía yaguajayense, esta mujer teje su propia historia sobre la base del esfuerzo cotidiano. En sus manos está la prueba de su entrega. Por ellas han pasado un sinfín de quehaceres que la han convertido en una verdadera campesina.
“Desde los 17 años me casé y siempre fui ama de casa. Luego, en el 2006, tras el fallecimiento de mi padre, tuve que coger el mandato de la tierra. Soy propietaria y siembro cultivos varios, sobre todo, plátano y chopo, además de criar carneros, chivos, puercos…”, refiere.

Para Maritza el día amanece mucho antes. Toma un trago de café y cae, de un tirón, en el campo. Sale temprano para no perder ni un minuto de su jornada, la cual termina cuando el sol comienza a calentar la tierra.
“Tengo una dermatitis provocada por el sol y trato de no exponerme demasiado. Por tanto, adelanto todo lo que puedo en la mañana, pongo los animales a la sombra, los recojo por la tarde y, luego, hago los quehaceres de la casa”, detalla.
Muchos creen que alguien la ayuda en estas faenas, pero las realiza sola. “De niña siempre aprendí a trabajar en el campo. Por eso nada me asusta”, dice y se siente tranquila. Nadie mejor que ella para velar por sus cultivos y por sus carneros, otra de las labores a las que se dedica.
“Tengo 12 carneros. Desde que me levanto y tomo el café los pongo a comer, porque ellos son muy delicados para el sol. Los amarro a la sombra y por la tarde los tranco”, relata y explica el ciclo de reproducción y desarrollo de estos animales: “Las carneras en gestación, por ejemplo, demoran cinco meses y para que todos alcancen un tamaño óptimo de producción necesitan igual período de tiempo”, agrega.
Maritza sabe de jornadas intensas, de preocupaciones y de rudezas. Mas, no se deja vencer por los contratiempos. De ellos aprende y siempre busca estrategias para sortearlos. “Hasta ahora, nada me resulta difícil. Soy mujer a todas. Vivo sola porque mi esposo hace meses que falleció y he tenido que asumir el papel de hombre y mujer al mismo tiempo”.
“Por supuesto, hay momentos en que me siento agotada. No lo voy a negar. A veces es mucho, la casa, el trabajo. Cuando hay que recoger plátanos, por ejemplo, tengo que acudir a un hombre para que me ayude a levantar los racimos porque sola no puedo. Ya tengo 58 años, no soy una niña”, alega y se ríe.
Maritza es una mujer noble y feliz. A pesar de los “achaques” de la edad, todos los días sale a tragarse el campo. Para ella ninguna jornada se parece a otra por la diversidad de encomiendas.

“La mujer, si se lo propone, hace los mismos trabajos que el hombre. Por eso, no le tengo miedo al trabajo. Me forro con camisa, sombrero, botas de goma y hago lo que sea. Hasta ando con un machete estable por si se me enreda algún animal o debo chapear algún guisaso que me moleste”, cuenta.
Así es esta mujer de la serranía yaguajayense, quien siente devoción por el campo y no teme tomar una guataca en mano ni a arrear los animales en pleno monte; la misma a la que le sobran las palabras para dialogar sobre lo que hace o cuando le ha tocado recibir a personas en su finca. Maritza es Maritza, esa guajira de Llanadas Abajo que lleva la campiña en el alma. “Jamás me he arrepentido por dedicarme al campo. Aquí estaré hasta que la salud me lo permita”, asegura.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus










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