Es, junto a la silueta de la Parroquial Mayor y el Teatro Principal, la imagen que identifica a Sancti Spíritus en el mundo. Bajo sus arcos de ladrillo y mampuesto corre, diáfano y apacible, el Yayabo, un curso de aguas aparentemente inofensivas. “Es demasiado puente para tan poco río”, han opinado algunos; pero basta que llegue un temporal como Dios manda para que el río diga “aquí estoy yo” y amenace con sobrepasar los muros macizos del viaducto.
Levantado al suroeste del actual centro histórico urbano, en el antiguo Paso de las Carretas, el puente es mucho más que una vía de comunicación entre la ciudad y el barrio de Colón: es el símbolo patrimonial por excelencia de la cuarta villa y el único exponente de su tipo que se conserva en Cuba.
A 195 años de su terminación, sigue en pie con la firmeza del ladrillo, la cal y la arena —la tradición oral le atribuye a su mortero la leche de burra—, aunque hoy está asediado por plantas acuáticas que ameritan atención urgente.
Los archivos dan fe del desvelo de los espirituanos desde mucho antes de colocar la primera piedra. Desde 1660 los vecinos reclamaban la construcción de un viaducto que uniera las márgenes del Yayabo. El síndico Procurador General Don Vicente Valerino presentó la moción inicial, pero no fue hasta 1771 que se realizó el primer proyecto.
La construcción, sin embargo, no arrancó hasta 1817, y fue posible gracias al aporte popular, incluido el del obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa en su segunda visita a la villa en 1819.


Bajo la dirección de los maestros albañiles Don Domingo Valverde y Don Blas Cabrera, se materializó un proyecto de cinco arcos con el central más peraltado, cuyas alturas disminuyen hacia las barrancas. Los materiales se contrataron a los tejares espirituanos y la mano de obra fundamental fue la de los presos del municipio. La obra se terminó en 1831, con un costo superior a los 30 000 pesos. Su altura supera los 9 metros y su largo alcanza los 85.
Durante casi dos siglos el icónico puente ha resistido crecidas, huracanes y los embates del desarrollo urbano, tres “antagonistas” a los que se suma desde hace algún tiempo la invasión de plantas parásitas en el cauce del río que amenaza con socavar las mismísimas bases del viaducto.
Una gruesa capa de la llamada malangueta —jacinto de agua, especie invasora y destructora de ecosistemas— cubre parte del río y forma una especie de isla donde proliferan no solo una vegetación abundante, sino también basura y desperdicios de toda clase.
Lo que comenzó como una queja vecinal se ha convertido en una isla de desechos que ni las lluvias intensas han logrado arrastrar: los residuos plásticos y orgánicos permanecen atrapados entre las plantas, justo en el área cercana al puente, una de las más transitadas de la ciudad.
Trabajadores de la Taberna Yayabo, situada en la ribera, y vecinos del área más afectada coinciden en señalar que desde 2014 no había tanta cantidad de desechos sólidos allí, al punto de cerrar el paso del agua y crear una especie de represa.
Ni el más reciente aniversario de la ciudad, celebrado en junio pasado, fue momento idóneo para que las instituciones se pusieran de acuerdo en las acciones de higienización y dragado del cauce. No pocos espirituanos se preguntan si habrá que rezar para que un milagro de la naturaleza —una crecida salvadora— resuelva lo que la acción humana ha postergado.

La historia de este puente se escribió con el aporte de todos: con la moción de un síndico, con la limosna de un obispo, con el sudor de presos y albañiles.
Hoy, 195 años después, las circunstancias exigen lo mismo: que la ciudad entera vuelva a mirar a su puente, no como un monumento de museo, sino como el símbolo vivo de “espirituanidad” que siempre ha sido.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus




















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