En un pequeño bolso, Liudmila González Rodríguez acomodó más de una incertidumbre. Una llamada dio el aviso. Y, sin tiempo que perder, confirmó estar lista.
“Solo supe que era asistir a un país hasta ese minuto desconocido. Demasiado estrés, porque no se podían hacer preguntas de más”.
Tampoco tuvo mucho tiempo para pensar. El equipaje del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias Henry Reeveno exigía muchos arreglos. De la República Bolivariana de Venezuela a Trinidad. En solo 24 horas, se refugió en los abrazos de los seres queridos que, como bálsamo, le dieron el impulso para continuar camino. Unos instantes en La Habana y, luego, prácticamente al otro lado del mundo.
“Mandamos la maleta al aeropuerto y a nosotros nos llevaron para el Consejo de Estado donde, para nuestra sorpresa, nos esperaba el Comandante en Jefe Fidel Castro.
“Nos explicó, como solo él sabía hacer, todos los pormenores de lo que podíamos encontrar en Paquistán. Nos habló de su geografía, de cómo teníamos que comportarnos porque íbamos a hospitales de campaña, una experiencia que quienes integrábamos el grupo jamás habíamos vivido. Mostró, otra vez, su constante preocupación por todos nosotros”.
No era su estreno frente al hombre vestido de verde olivo. Escuchó atentamente cada consejo con ritmo paternal. Poco a poco, las preocupaciones se disiparon.

“Al terminar caminó entre las filas de asientos. Justamente, yo estaba en una de las puntas. Y al pasar frente a mí se aguantó de mi brazo —cuenta y deja escapar un asombro con la boca abierta de par en par—. Les dije a mis compañeros: no me lo lavo en una semana. Los muchachos que estaban cerca me susurraban: ‘Que no se caiga’. Y, claro que no sucedería; primero, me caía yo”.
Toma aire. Acomoda los espejuelos. Se estira la bata blanca. Cada encuentro en la memoria de la doctora Liudmila González Rodríguez con el Comandante en Jefe se vuelve emoción. A la vuelta de un poco más de 20 años, esta hija de la tercera villa de Cuba confiesa que fue la mejor despedida de todas sus misiones internacionalistas.
“Ver aquella figura majestuosa, con su porte y uniforme militar tan cerca era muy fuerte. Recuerdo que avanzó y nos esperó a las afueras de la edificación. Ahí se tomó una foto con nuestra brigada. Éramos del primer hospital de campaña con recursos humanos que iba para Paquistán para colaborar allí tras el terremoto que había devastado el noreste de ese país. Luego, supimos que repitió el gesto de la fotografía con el resto de los profesionales que llegaron allá”.
De Cuba al sur del continente asiático. Más que los 13 000 kilómetros de distancia, destrucción total, tristezas, enfermedades… arrancaron de golpe los alientos del grupo. En medio de un escampado, se levantaron los hospitales. Para entender los padecimientos y dolores se precisó poner en práctica un lenguaje universal: el humanismo.
“Por casualidad me asignaron laboral en la misión central, específicamente, en la atención directa a los colaboradores. Seguir constantemente el estado de salud de nuestros compañeros. Por la distancia, la diferencia de horas era significativa. Recuerdo que más o menos alrededor de las once de la mañana en Paquistán, aquí tres de la madrugaba, tenía que, diariamente, darle un parte minucioso a Fidel de cómo se encontraba cada uno de los enfermos.
“Si yo le decía: Liudmila González presenta tales síntomas, tiene tal tratamiento, al otro día nuestro Comandante en Jefe me preguntaba por la evolución de Liudmila González. Uno por uno, sin olvidar ningún detalle. Realmente, era impresionante cómo podía entre tantas responsabilidades mantenerse atento a cada uno de nosotros cuándo éramos más de 2 000 colaboradores, ubicados en 32 posiciones. Estar a su altura fue muy difícil para todos los de la misión central”.
Lo vivido en Paquistán aún le duele. Sabe que nunca se está lo suficientemente preparada para ver tantas angustias en los ojos de prácticamente todo un país, no solo por heridas profundas, sino por las huellas cuando la tierra se tragó a media nación.
LUZ PARA LOS CERROS VENEZOLANOS
“Antes de esa experiencia, ya había tenido el privilegio de conocer a Fidel. Mi primer encuentro se remonta a mediados de 2005, unos meses antes de constituirse el Henry Reeve. Fue durante la graduación del diplomado de Oftalmología Clínica. Inauguraríamos los Centro Diagnóstico Integral (CDI) en Venezuela. Nos llevaron para el Palacio de las Convenciones, donde aguardamos por un buen tiempo. No sabíamos por quién”.
Para su sorpresa y la del resto de galenos, apareció el hijo de Birán. Una sonrisa de bienvenida. Aplausos… Y la jornada se volvió historia para cada uno de los presentes.
“Hoy y siempre digo que vivimos una profunda emoción. Fue, también, la primera vez, que lo escuché hablar de forma personal. Nos ofreció disculpas por la demora. Se encontraba con una delegación procedente de Argentina, misión que no podía delegar”.
Sentada en una de las primeras filas, Liudmila no se perdió ninguna de sus palabras. En sus manos sostenía una fina hoja que confirmaba la culminación del referido diplomado. De pronto una frase le paralizó:
—Doctora, permíteme, por favor, expresó Fidel con acento curioso.
Liudmila no se paró. No pudo, aclara. Las energías apenas le alcanzaron para estirar el brazo y dar el diploma.
—Marcelino, esto es lo que tú le vas a entregar a mis guerreros, ripostó el líder cubano.
Silencio. Demasiada fuerza en cada una de aquellas palabras. Segundos después, la conversación fluyó con la misma admiración que desprendía el encuentro, tanto de un lado a otro del espacioso salón.
“Nos llamaba guerreros porque nos íbamos a enfrentar a una misión desconocida para nosotros hasta ese momento. Inauguraríamos los CDI como oftalmólogos siendo Médicos General Integrales (MGI).
“No pasaron 24 horas de aquel momento para tener en mis manos un diploma maravilloso. De gran tamaño y con una foto de Fidel a todo lo largo”.

CON LA MOCHILA DE CAMPAÑA Y ESTETOSCOPIOS LISTOS
Cobijar con asistencia médica a Paquistán no fue el pretexto de la constitución del Contingente Henry Reeve. Realmente, el primer llamado de sus integrantes fundadores, donde se encuentra el nombre de la doctora de uno de los consultorios médicos enclavados prácticamente en el corazón de Trinidad, en el propio barrio donde reside: Las tres cruces, se registra en septiembre de 2005. Se hizo para brindar ayuda a la población afectada por el Huracán Katrina en Nueva Orleans, Estados Unidos.
“Ahí sí estuve más distante del Comandante en Jefe; pero cercana a cada palabra. Estados Unidos, nunca nos dio el permiso para entrar. Aprovechamos el tiempo para prepararnos en la Escuela Latinoamericana de Medicina con vistas a enfrentar situaciones de catástrofe, desastres…
“Ante la negativa del gobierno norteamericano de recibir nuestra ayuda, cada uno volvió a sus respectivas funciones. En mi caso, regresé a Venezuela, específicamente, a la Misión Milagro, hasta que llegó la noticia de Paquistán”.
DOCTORA DE CORAZÓN
Entre las muchas frases del discurso del Gigante de Birán en la constitución del contingente Henry Reeve, Liudmila González tiene una máxima: “Nosotros ofrecemos vidas”.
“Provengo de un hogar humilde. Mi madre no quería que fuera médica porque me decía que esos profesionales vivían entre quejas y dolores”.
No obstante, de su progenitora, enfermera de profesión, entendió, prácticamente desde que abrió los ojos, que la Medicina es un sacerdocio. Significa estudiar todos los días y que la empatía resulta el mejor de los antídotos.
“Me llevó frente a varios doctores con quienes trabajaba para que me hicieran cambiar de parecer. Pero siempre respondí: ¿quién será su relevo? Por eso, me presento como doctora por convicción y MGI por vocación, porque en tanto tiempo, 36 años de graduada, he podido hacer cualquier otro tipo de especialidad. Sin embargo, siempre me ha gustado ser médico de la familia”.
Justo en ese contacto directo con los pacientes se ha crecido como ser humano. Las experiencias de Guatemala, Venezuela, Paquistán, Brasil y su tierra sureña más adorada le permiten hoy hablar de diversos diagnósticos, tratamientos efectivos y de darlo todo para salvar vidas, aunque parezca imposible.
“En Brasil amarraba la silla donde se sentaba el paciente porque no entendían que yo tenía que tocar al paciente y me la quitaban cuando limpiaban. Eso no se ve en el resto del mundo. Y creo que la clínica lo es todo.
“También tengo la seguridad que, si no hubiese sido por Fidel, no hubiese podido ser médico porque una hija de obreros simples con qué iba a estudiar medicina. En una nación sin las conquistas que les debemos a él y a otros muchos hombres que pensaron en la construcción de una sociedad para todos y el bien de todos, las posibilidades de lograrlo son nulas, ínfimas…
“Por encima de todo, su guía, enseñanzas y consejos han sido vitales para mí. Por eso, siempre digo y diré: ¡Qué falta me haces, Fidel!”.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus











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