Magaly, una maestra que brilla en la serranía espirituana (+fotos)

Por más de 30 años Magaly Díaz Pérez ha encumbrado el aprendizaje desde una escuela multigrado, ubicada en Pedro Julio, caserío escoltado por las montañas de Yaguajay

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“Impartir clases a un multigrado requiere de una gran autopreparación para lograr integrar los objetivos y contenidos de los diferentes grados”, confiesa la maestra. (Fotos: Isbel Camacho Martín)

Tiene 53 años y sus pasos ya no son los mismos de antes. Mas, no lo nota. A Magaly Díaz Pérez le sobran voluntad y espíritu para recorrer todos los días alrededor de 8 kilómetros en un viaje de ida y vuelta desde Perea—lugar donde vive— hasta Pedro Julio, caserío intrincado y custodiado por lomas en la geografía yaguajayense, que reclama su presencia para ilustrar a las nuevas generaciones.

Hasta este asentamiento enclavado en la Sierra de Bamburanao llega esta educadora lo mismo a pie, a caballo, que en bicicleta. Y lo hace con los ojos cerrados, pues los más de 30 años de labor que atesora como maestra en la Escuela Primaria Rural Orestes Bravo Rabí, de esta comunidad, la han hecho conocedora de estos caminos. Se sabe al dedillo cada uno de sus atajos, y alguna que otra vez ha tenido que poner los dedos en cruz para no despeñarse por alguna de sus cuestas.

Es un error creer que los niños no aprenden igual en una escuela rural. Aquí, a pesar de la lejanía, cuentan con las mismas potencialidades que en un centro urbano, apunta la maestra.

Sin embargo, a pesar de la lejanía y de lo intransitable que en ocasiones se torna el trayecto, esta pedagoga arriba hasta estos lares por ese impulso de afecto hacia los que la quieren bien: sus alumnos. En ellos deposita su sabiduría para convertirlos en personas dignas, una actitud que heredó de sus primeros maestros, a quienes les debe haber escogido esta profesión.

Tanto es así que, tras culminar la Secundaria Básica, encendió en su alma aquella esperanza y fue a través de la otrora Escuela Formadora de Maestros en la provincia de Sancti Spíritus que materializó sus sueños.

Una vez egresada se insertó al ámbito laboral en el municipio de La Sierpe, hasta que más tarde aterrizó en predios yaguajayenses en las escuelas primarias Fructuoso Rodríguez y José Martí, pertenecientes al sector rural, escenario que ha prestigiado desde la Orestes Bravo Rabí, centro referencia por la calidad de los contenidos impartidos y por la interrelación con la comunidad.

Magaly atiende a siete alumnos de primero, segundo, cuarto y quinto grados.

A pesar de que Magaly pudo haber transitado por otros niveles educativos, deja claro que apostó por la Enseñanza Primaria debido a su marcada preferencia por estos infantes y porque aprecia la transformación y el avance de los niños en los primeros años de vida.

Quizás, por ello, en esta escuela multigrado —única de Yaguajay que ante la lejanía de sus alumnos funciona con una sola sesión de clases y que utiliza la tecnología de paneles solares— no le cuesta ni un poco trabajar con un número reducido educandos de primero, segundo, cuarto y quinto grados, quienes comparten el aula, mientras ella domina los métodos y materias de cada enseñanza a la vez.

“Impartir clases a un multigrado requiere de una gran autopreparación para lograr integrar los objetivos y contenidos de los diferentes grados. Eso tiene su metodología. Para alcanzar el avance de todos los estudiantes imparto clases desarrolladas con actividades variadas, y recurro siempre a la clase única. Vale mucho también el sacrificio, los medios de enseñanza que uno sea capaz de crear, la vinculación con la familia, la sistematicidad de todos los días”, apunta esta educadora.

Pero, la valía de Magaly la percibe todo aquel que ronda las cercanías de Pedro Julio. Por doquier se oye su voz. Habla siempre para que los pequeños no se distraigan y no se sienta un solo momento. Tampoco se olvida de sus discípulos. Recuerda sus nombres con exactitud, y los días de exámenes no descansa hasta saber la puntuación que han sacado.

La Escuela Primaria Rural Orestes Bravo Rabí constituye centro de referencia por la calidad de los contenidos impartidos y por la interrelación con la comunidad.

Y cuando la covid la obligó a separarse del aula, no perdió la comunicación con sus escolares. Las visitas a sus hogares o las oportunas llamadas telefónicas no causaron brechas entre ellos.

A partir de ahora sabe que lo más importante es diagnosticar y trabajar sobre las debilidades cognoscitivas. “Después de este largo período alejados de las aulas, la atención que deben recibir los pequeños debe ser diferenciada, directa, donde se les brinde niveles de ayuda según las variantes del conocimiento más afectadas”, comenta.

La escuela Orestes Bravo Rabí tiene dos aulas. Es limpia, aireada y destila el silencio que emana de las montañas. Tiene su mobiliario completo, una computadora, televisores, videos. La maestra del día a día es una, aunque la acompañan una asistente para el trabajo educativo y otros educadores de las especialidades de Computación, Inglés y Educación Física, quienes rotan por las escuelas de la comunidad; una suerte de privilegio que la equipara con cualquier otro plantel del llano.

“Es un error creer que los niños no aprenden igual en una escuela rural. Aquí, a pesar de la lejanía, cuentan con las mismas potencialidades que en un centro urbano. Disponen de la base material de estudio, de nuevas tecnologías y de la presencia del maestro, factores indispensables para llevar adelante el aprendizaje”, confiesa.

Cuando la covid la obligó a separarse del aula, no perdió la comunicación con sus escolares.

Para esta mujer sus estudiantes son más que números o notas a calificar. Les habla como si fueran adultos, con términos de la cotidianidad, sin achicarlos ni buscándoles sinónimos que adornen la realidad. Es como si los preparara para la vida en todas sus facetas. Y es que en Magaly se percibe ese sano orgullo de quien siente que hace un bien al mundo. “El magisterio para mí significa pasión, vocación, ser ejemplo para mis alumnos y para la comunidad. Ser maestro es una de las responsabilidades más grandes que pueda tener una persona. Es en un aula donde se forma todo, ahí se fragua la vida”, expresa la también máster en Ciencias de la Educación.

Sin dudas, pasará el tiempo y la escuela de Pedro Julio registrará para siempre la voz de la maestra Magaly, ese timbre que la muestra muchas veces cansada, pero, al mismo tiempo, animosa, indulgente… y feliz cuando sus pequeños salen airosos. En Pedro Julio permanecerá, porque a las montañas les ha dedicado la mayor parte de su vida.   

Greidy Mejía Cárdenas

Texto de Greidy Mejía Cárdenas

Comentario

  1. Maestra,retrocedo en mi memoria casi su edad y me veo en la escuela rural Camilo Cienfuegos,en el Escambray,muy parecida a la suya,en la construccion y en el paisaje.Me cuentan que ya no existe y envidio que UD conserve la suya y que no haya dejado su aula multigrado,su desicion de quedarse alli la aplaudo..la mayoria de mis alumnos en niveles superiores,apenas me recuerdan pero si mis 14 estudiantes de primero a quinto de aquel lejano 1970.Hace mucho que no estoy en un aula fisicamente,pero mi espiritu nunca las ha abandonado..El maestro,el medico y el sacerdote, si lo son por vocacion,jamas pueden dejar de serlo.Uno cuida del alma,el otro de espiritu y el maestro hace posible que existan ellos y todas las demas profesiones incluyendo la de la periodista,que agradecida,le dedica su bello articulo y a quien tambien agradezco la nostalgia dominguera que me ha provocado

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