Lo ha intentado mil veces, pero el humo del cigarro ajeno siempre termina venciéndolo. Bien lo saben los fumadores que han tratado de dejar el vicio: una hora, una tarde, un día entero sin llevarse un cigarro a la boca resulta poco menos que una misión imposible.
Sobre la ansiedad que genera la abstinencia, los ardides de los que muchos se valen para abandonar este hábito y hasta de los riesgos del tabaco para la salud humana se debate especialmente cada 31 de mayo, cuando se conmemora el Día Mundial sin Fumar y la jornada invita a la reflexión y, sobre todo, a la acción.
En Cuba, a pesar de las campañas de salud pública y los esfuerzos por reducir el consumo, dejar de fumar sigue siendo un desafío monumental para muchos. Según la más reciente Encuesta Nacional de Salud de 2025, aproximadamente el 24 por ciento de los cubanos mayores de 15 años fuma regularmente, un ligero descenso respecto al 26 por cierto registrado en 2020, pero aún un número significativo considerando los efectos nocivos del tabaco en la salud.
El tabaquismo es reconocido por la Organización Mundial de la Salud como la principal causa prevenible de muerte en el orbe, responsable de enfermedades cardiovasculares, respiratorias y varios tipos de cáncer. En Cuba, los informes del Ministerio de Salud Pública (Minsap) indican que el tabaquismo contribuye directamente a cerca del 17 por cierto de los casos de cáncer de pulmón y al 12 por ciento de los infartos al miocardio en adultos mayores de 40 años; sin embargo, el conocimiento de los riesgos no siempre se traduce en acción y la dependencia física y psicológica al cigarro sigue siendo un obstáculo a veces insalvable.
La dificultad para abandonar el tabaco radica en su naturaleza adictiva. La nicotina, sustancia principal del cigarro, actúa sobre el sistema nervioso central estimulando la liberación de dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer y la recompensa. Esta reacción química genera una sensación inmediata de bienestar y reduce temporalmente la ansiedad, con lo cual se refuerza el hábito. Cuando la persona intenta dejar de fumar, la ausencia de nicotina provoca síntomas de abstinencia como irritabilidad, insomnio, ansiedad y dificultades de concentración, lo que hace que la recaída sea frecuente.
Además de la adicción física, existe un componente psicológico y social. Muchos cubanos asocian el cigarro con momentos de socialización, estrés laboral o celebraciones. En contextos donde fumar es parte de la rutina diaria o de las interacciones sociales, dejar el hábito implica no solo superar la dependencia química, sino también modificar patrones de conducta profundamente arraigados. Por ello, el tabaquismo se considera tanto un problema de salud como un desafío de comportamiento.

Vencer la adicción al cigarro requiere un enfoque integral. En la isla, los programas de cesación tabáquica combinan asesoramiento psicológico, terapias de reemplazo de nicotina y medicamentos que ayudan a reducir los síntomas de abstinencia. Según datos del Minsap, entre quienes participan en programas de cesación en hospitales y policlínicos, el 35 por ciento logra mantenerse sin fumar durante al menos un año, una cifra que, aunque alentadora, muestra que el camino hacia la abstinencia es complejo y demanda compromiso.
El apoyo familiar y comunitario también resulta crucial. Los expertos recomiendan crear redes de soporte que acompañen al fumador durante el proceso de abandono, les ofrezcan motivación constante y eviten situaciones que puedan desencadenar el deseo de fumar. En los últimos años, varias campañas en redes sociales y medios cubanos han promovido la idea de “fumadores que ayudan a fumadores”, donde personas que han logrado dejar el tabaco comparten experiencias y estrategias prácticas.
Otra herramienta efectiva son las intervenciones conductuales, como la terapia cognitivo-conductual, que enseña a identificar los desencadenantes del hábito y a desarrollar alternativas saludables. Actividades físicas, técnicas de relajación y cambios en la rutina diaria pueden disminuir significativamente los niveles de ansiedad asociados a la abstinencia.
Las políticas públicas también desempeñan un papel esencial. Cuba ha avanzado en la regulación del tabaco mediante la prohibición de fumar en espacios cerrados, campañas educativas en escuelas y la implementación de advertencias gráficas en los empaques de cigarrillos. Estas medidas, combinadas con impuestos al tabaco y programas de cesación accesibles, crean un entorno que favorece la reducción del consumo y la protección de la salud pública.
Y es que dejar de fumar no es solo un acto individual; es un paso hacia una sociedad más saludable, menos cargada de enfermedades prevenibles y más consciente de la importancia de hábitos de vida saludables. En Cuba, donde la salud pública es un pilar de la vida colectiva, cada intento de abandonar la adicción cuenta y cada fumador que logra vencerla se convierte en ejemplo y motivación para los que se mantienen sujetos a las bocanadas de humo.

Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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