Miguel Mariano Clavo Gómez, uno de los pedagogos que más han contribuido a la Educación Especial en Sancti Spíritus, perpetúa saberes, experiencias únicas que, asegura, nunca se irán de la memoria porque estar más de medio siglo frente a los pizarrones hace consagrarse a una de las profesiones más nobles de cuantas existen.
Las primeras imágenes del joven, devenido maestro peregrino, lo sitúan en la escuela primaria Martín Klein, ubicada a tres kilómetros de Mencía, en el municipio cabecera. En su bautismo «confiesa» la tiza no tembló en sus manos, gracias a los consejos de su madre, que le enseñó a desterrar los miedos.
Conocido ya por su espíritu agencioso, al pedagogo fue enviado, casi en una misión devota, a crear la escuela primaria Bienvenido Pardillo, de Guasimal. Las primeras lecciones las impartió en el área de ordeño de una vaquería; después, en el portal de una casa y las últimas, en una construcción de tabla de palma y piso de tierra, levantada con las manos de los padres y del joven educador. A la sombra de un majestuoso flamboyán merendaban los estudiantes, y reían y corrían.
Luego, otros centros escolares y otros descubrimientos. La Enseñanza Especial marcaría definitivamente el rumbo de esta especie de sacerdocio para el maestro Miguel Mariano Clavo. Las escuelas Efraín Alfonso y Protesta de Jarao, de la ciudad espirituana, completaron su vocación de enseñar y de acoger como suyos a los niños necesitados de un padre con ligaduras no precisamente genéticas.

Sus colegas de entonces lo cuentan; compartía con los estudiantes el pan y la enseñanza, e hizo un hábito llevar a su propia casa a los que vivían en municipios lejanos. Solía sentarlos a su propia mesa, junto a su esposa Maritza y su hijo Jailer, y hablarles de oficios que podían aprender: zapatero, carpintero, albañil, electricista. “Lo importante es ganarse el dinero honradamente», les recalcaba. Al mismo tiempo, les daba palmadas de cariño en los hombros a los muchachos. A este hombre la compasión le movía muy a menudo el pecho, y le hacía bien a su espíritu sentirse generoso.
Cuando en funciones de asesor metodológico recorría las escuelas primarias rurales del municipio de Sancti Spíritus, se le veía cruzar cercas y potreros para acortar distancias y llegar hasta centros lejanos con la puntualidad que predicaba en las aulas a la hora de comenzar las clases.
Este mismo maestro integró el Contingente Pedagógico Augusto César Sandino, que llegó a Nicaragua el 5 de noviembre de 1979 a iniciar la primera gran cruzada de esa nación contra el analfabetismo, y valió la pena.
Según refiere un artículo de la revista digital Cubahora, al terminar aquella obra altruista emprendida por 10 400 educadores de la isla caribeña en Nicaragua, la tasa de analfabetismo se redujo de un 50.35 por ciento a un 12.96.
En el departamento de Río San Juan, en una zona selvática del sur nicaragüense habitada básicamente por campesinos de pobreza extrema y de muy bajo nivel cultural, el gobierno sandinista improvisó una escuela y allí impartió clases el maestro Clavo.
Los primeros días, un aula a cielo abierto encontró acomodo bajo la sombra de un frondoso árbol llamado Guanacaste, y los estudiantes tenían como asientos las raíces y, como mesa, una pequeña tabla colocada encima de las piernas.
Quizás fue el carisma único de este gran hombre o los métodos de enseñanza innovadores o la habilidad para ganarse el cariño del más reticente de los alumnos; lo cierto es que alcanzó celebridad en el pueblo y la matrícula creció y creció, empezó con ocho educandos y terminó con 42.

La más recordada de sus discípulas es Juanita, una niña de apenas nueve años que iba siempre descalza y con un vestido gastado por el tiempo. Tenía por hábito desensillar el caballo flacucho en que iba y venía todos los días el maestro, quien sabía dar clases, pero no entendía de arreos y de bestias. Juanita», cuenta el educador espirituano— en cada despedida lo seguía con la vista hasta que se perdía monte adentro.
Por las noches, ya de regreso al pueblo, trabajaba como asesor técnico de la cruzada de alfabetización de los adultos. Los fines de semana iba a las casas, tomaba café, aprendía el dialecto de la región, y hasta llegó a convertirse en el barbero y el electricista de la comunidad.
Y con esa nobleza, que en la gente humilde se da a mares, se fue este espirituano a Venezuela en 2010. Los escenarios cambiaron, tenía delante pacientes en lugar de alumnos. Y cada jornada era un desafío en la consulta de Logofoniatría de la Sala de Rehabilitación Integral de la Misión Médica Cubana ubicada en la urbanización Oropeza Castillo, en Guarenas.
Los conocimientos, que bien aprendió en Cuba en esta especialidad, llegaron como bálsamo para niñas y niños con trastornos en el lenguaje, afectados por trombosis, infarto cerebral, hemiplejias, autismo» ¿Cuántos llegaron a recuperarse? A ciencia cierta, no recuerda la cifra, solo sabe que, en las mañanas, cuando las puertas de la Sala de Rehabilitación abrían, siempre había pacientes a la espera, muchos de ellos adultos en sillas de ruedas enfermos de ataxia, de parkinson. Allí iban, con seguridad, a curarse de la desesperanza.
De vuelta a Cuba retornó a las aulas de la Educación Especial, el lugar donde echó raíces y se jubiló y volvió a reincorporarse. Hoy, con 71 años de vida, Miguel Mariano Clavo da continuidad a su obra pedagógica, esta vez desde otra experiencia enaltecedora, la Educación Media en el Centro Penitenciario Provincial Nieves Morejón.

Los hombres «apuntaba José Martí» «crecen, crecen físicamente, de una manera visible crecen, cuando aprenden algo, cuando entran a poseer algo, y cuando han hecho algún bien». Esta es la percepción del maestro que no renuncia a encontrar las reservas morales de los internos para que cada vuelta a la familia y a la sociedad sea un recomienzo iluminado.
Miguel Mariano Clavo ha vivido más de medio siglo abonando los caminos del magisterio y así lo ha expresado: «Ser maestro supone mucho más que tomar una tiza y un borrador»; dicho en otras palabras, significa ser por dentro un ser de luz y, por fuera, ser el hombre que, además de brindar los conocimientos de la naturaleza y el mundo, reparte ternura sin límites.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus











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